Revoltijo (36)

Hace poco fui a una sesión de cine de “Cabeza borradora”, la ópera prima de David Lynch, que ya casi era una declaración de principios en toda regla del director. Y antes de la proyección (parte de un festival de cine en Terrassa), el director Nacho Cerdá conferenció durante hora y media sobre asuntos relaciondos con el cine, sí, pero también con cualquier otro modo de arte.
Tanto a mí como a los amigos con los que fui, nos sorprendió que, pese a estar la sala llena de estudiantes de cine de la ESCAC, éstos parecían los menos partícipes de lo que estaba pasando, incluida la proyección de la peli, con la que se reían exageradamente en momentos que en absoluto lo pedían. Daba la sensación de que el diez por ciento del público que no acudió en calidad de futuros realizadores o cineastas, fue el que realmente se mostró interesado tanto en la conferencia como en la película.
Desconcertante…
Como sea, Cerdá hablo con mucha pasión, e insistió muchas veces en esas facetas del cine y el arte que están paridas para conmover y agitar al espectador, y no solo para tenerle hora y media entretenido con la evolución de unos personajes, un ejercicio simplón cuyo único fin es saber cómo acabará la película. El realizador dijo muchas cosas ciertas, y muchas otras inspiradoras, da igual si lo que te gusta es hacer cine o escribir o pintar o tocar la guitarra. Desesperadamente, el conferenciante intentaba hablar sobre devolver su auténtica esencia al arte. El arte proviene de las tripas y el corazón. Y obviamente decir esto venía a cuento antes de ver una película de Lynch, cuyos argumentos más importantes se encuentran siempre en la experimentación, en lo orgánico, en el dejarse llevar, en cierto tipo de sinceridad expresiva.
Ese rato, repito, fue inspirador. Y es frustrante que todo eso sea algo para minorías. Es frustrante que la mayoría de la gente tenga una idea tan limitada del cine y del arte en general (y por ende, de la vida). Pero sobre todo una idea tan distorsionada, tan llena de etiquetas y prejuicios absurdos sobre lo que una obra les tiene que ofrecer.
En relación con el cine y la literatura, que son los campos en los que realmente considero que tengo un bagaje respetable como consumidor, ya me irrita mucho escuchar según qué palabras. Entretenimiento es una de las que me irrita. Normal es otra. Intriga es otra (odio esa puta palabra). Es esa puta manía de reducirlo todo hasta convertirlo en algo manejable y simplón, algo que poder controlar… El hecho de ver una gran película, y no haberla entendido a un nivel superficial, pero sí haberla SENTIDO, hasta que te lleva al borde de la lágrima (y no hablo de la lágrima fácil y tontorrona), es una cosa, como decía, de minorías. De los que estamos abiertos al menos a eso. Precisamente hablando de Lynch, recuerdo la primera vez que vi “Mulholland Drive” en casa de un amigo, y acabé con tal carga emocional dentro que me vi a mí mismo luego solo en casa llamando a otro colega solo para poder desfogarme. Ni siquiera sé qué le dije, y no es algo que haga normalmente, pero sí fue unos de esos puntos de inflexión emocionales e intelectuales, que te enseñan que hay vida bajo la montaña de etiquetas y academicismos que rigen la existencia de demasiada gente ya. Ese día, y ahora lo tengo clarísimo, fue uno de los motivos por los que escribo.
En inglés hay una palabra, aesthetics, que alude a esa experiencia, a esa apreciación de la belleza, de sentirse completamente vivo (cerebro y corazón sintiendo a la vez), que va más allá de todas esas etiquetas, Entretenimiento, Intriga, Acción. Esa palabra define algo –y esto es grave– que muy raramente puede sentir un alumno en el colegio (más bien se aburren de mala manera…). Uno acaba hasta los cojones de esa gente que necesita una explicación cerrada para todo. De esa gente que no comprende el placer de no controlar algo completamente, que no es capaz de abrirse jamás, que incluso se sienten ridículos si lo intentan. Que a veces –en un alarde patético de mostrarse como personas sencillas y humildes– se llaman sí mismos torpes, y que necesitan un puto diploma en relación con todo para creer que tienen algún tipo de potencial dentro, ya sea como personas, o creadores, o como espectadores. Ellos se lo pierden. Se van a morir entreteniéndose (en el mejor de los casos), sin sentir nunca nada de verdad.

Tetas de día (modo Lynch)

Tetas de día (modo Lynch)

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5 pensamientos en “Revoltijo (36)

  1. La verdad es una forma de vida que se puede aplicar al arte, pero que atañe a todos los aspectos. Cómo relacionarse, qué hacer, qué trabajo escoger, qué comer, qué libros leer, qué películas ver, con quién follar. A veces dudo de si todo el mundo tiene el potencial necesario para optar por la verdad. Deberías de dar las gracias por no ser uno de ellos y deberías seguir cagándote en ellos también. A ver si algun@ se entera.

    Un abrazo.

    • Yo lo intento con todas mis fuerzas al menos.
      El cine tiene un handicap en todo este asunto, y es que depende de muchos tecnicismos, y aunque hay grandes maestros de eso, no hay que olvidar el alma de las cosas. No puedes aprender eso en una escuela de cine, vayas o no tienes que entender lo que estás intentando hacer. Por eso en el terreno artístico hay muchos autodidactas (aunque no me gusta la palabra) que han triunfado y siempre los habrá. Es un concepto denostado, ahora casi todo se reduce a las medallas. Eso creo que ha jodido de verdad muchas vidas a muchos niveles. Y también codicionado fatalmente muchas percepciones.

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