Revoltijo (35)

Iba a escribir otro post poniendo a caldo el sistema educativo, porque cuanto más lee uno sobre el tema, más mierda hay sobre la que escribir, pero en lugar de eso hablaré sobre cierta etapa de mi infancia; creo que funcionará bien como analogía de todas formas.
Durante dos meses de verano –yo debía tener nueve o diez años, no lo sé– mis padres decidieron apuntarme a una especie de curso de natación.
A mí me daba pánico el agua, y la piscina era de las que cubrían. Nos hacían hacer cosas como tirarnos de cabeza dentro de un aro flotante, o patalear agarrados a un corcho azul muy mono hasta cruzar todo el ancho de la piscina. Los monitores eran universitarios que luego debían usar el tiempo que perdían con nosotros para convertirlo en argumento de ligoteo. Putos incompetentes de mierda… (lo eran). Sonreían todo el tiempo mientras yo, aterrorizado en el borde de la piscina, tenía que tirarme al agua y hacer alguna de las estupideces que me obligaran a hacer. Luego, llegaba agotado y tragando agua al otro lado del ancho de la piscina, al borde del lloro, y los cabrones reían y me llamaban “campeón” (espero que ahora estéis viviendo casados con alguna ex-tía buena que os esté amargando la vida…).
Otra de las pruebas divertidas, era la de impulsarse desde el borde y tocar el fondo de la piscina. Yo siempre cerraba los ojos bajo el agua, lo cual hacia que, al impulsarme mal y aterrado, la mayoría de las veces me quedaba a medio camino, con los ojos cerrados, sin tocar el fondo, y sin saber cuánto me había alejado de la superficie. Así, el pánico hacía que comenzara a patalear hacia arriba (sin saber); boqueaba dentro del agua rezando por sacar por fin la cabeza; ese momento llegaba cuando ya tenía el pecho a punto de explotar y mis pulmones pedían a gritos su aire. Puede sonar dramático, pero así era como lo vivía. Salía del agua y me aferraba al borde, tosía y respiraba agotado; a los putos monitores les daba igual todo siempre y cuando no estuvieras inconsciente…
Recuerdo que hice un amigo. Sus padres y los míos se hicieron amigos también. El tema que solían sacar los adultos después de cada hora de cada sábado (sí, encima aquella mierda era el sábado por la mañana…), tenía que ver conmigo y mis evoluciones… Pero las mismas no existían nunca, el espectáculo era siempre el mismo, yo al borde de la piscina cuando era mi turno, mirando con temor al agua (por no decir lo que se podría definir como: terror lloroso), y preguntándome qué coño estaba haciendo allí, por qué tenía que pasar por aquel trance en aquel justo instante. (Fue la misma etapa en la que hice la comunión, la cual tampoco sabía a qué coño venía, pero al menos durante la catequesis no tragué unos treinta litros de agua con cloro.)

Por suerte al final se acabó aquella pesadilla. Pero claro, no podía hacerlo sin una humillación final (algo a lo que, por otro lado, estaba bastante acostumbrado de crío). La cosa es que, si los universitarios sonrientes consideraban que habías aprendido a nadar, te daban un diploma. No recuerdo si muchos niños lo obtuvieron o no; pero recuerdo que mi amigo sí obtuvo el suyo, y que yo por supuesto, no. Así que aquel año tuve la oportunidad de ser no solo un mal estudiante, sino también un mal nadador, oficialmente incapaz.
Unos dos años después (creo que fueron dos, como mucho tres), dejé de tenerle miedo al agua en la piscina municipal del pueblo de Extremadura al que iba veranear con mis padres. Aprendí a moverme en el agua de tal forma que no me hundiera, e incluso a desplazarme en ella dignamente, aunque no fuera a batir ningún récord olímpico (eso sí, no nadaba a perrito). Y creo que fue porque lo hice solo; o bueno, estaban mis padres, pero mis padres no sonreían como aquellos monitores, y no estaban allí conmigo para luego decirle a alguna universitaria que habían estado allí conmigo para así quizá poder tirársela. (Sin olvidar que fui yo quien decidió afrontar el asunto.) De modo que, como nadie me presionaba ni me trataba como a mercancía, ni me pinchaba, ni, en resumen, me tocaba los cojones, pues aprendí nadar.

P.D.: Al final del día nadie me dio un diploma (supongo que porque no sufrí el proceso, de hecho incluso lo disfruté, qué cosas…).

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2 pensamientos en “Revoltijo (35)

  1. Creo que en este caso tus padres no deberían haber insistido si vieron que lo de nadar no te iba o no era el momento. A veces los padres, cargados de buenas intenciones, se empeñan en cosas rarísimas. Lo sé por experiencia también 😀

    • jaja, si hubiera sido por mí no habría hecho natación ni catequesis ni colegio … Lo tengo bastante borroso, pero creo que algunas veces me llevaba también mi hermano mayor, que esperaba en una cafetería desde la que se veía la piscina detrás un cristal (léia el periódico y esperaba desayunando…). Las buenas intenciones no van siempre acompañadas de sentido…

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