Relato recuperado (16) – Memorias

El problema surge, me dijo la Mujer, cuando alguien a quien respetabas y querías comienza a dejar de echarte de menos para siempre.
Es decir, me dijo, cuando sin saber cómo, te has convertido en el grano en el culo de alguien con quien no te querías convertir en su grano del culo. De algún modo has cruzado alguna línea que no debías, y, por decirlo así, ya eres irrecuperable en lo tocante a esa persona que respetabas y querías. Te has vuelto incomoda para esa persona, me dijo, te has convertido en lo contrario a alguien que la apacigua o relaja o hace reír, etc.
Y lo de que comienza a dejar de echarte de menos para siempre, viene a querer decir que por más tiempo que pase sin que estéis en contacto, me dijo, ya es muy difícil que aun así las cosas se solucionen, por ya demasiado corroídas.
¿Tengo manos de vieja?, me preguntó en cierto momento.
Verá, me dijo, yo era una chica para quien un beso en la boca ya era perturbador (antes y después de haberlos experimentado). Perturbador, insistió; lo que quizá para muchas chicas es el sexo anal ahora; sólo un beso en la boca; para mí era un mero intercambio de gérmenes, y además la invasión de una lengua extraña, extraña en plan extranjera, como si algo que no hablara mi mismo idioma intentara comunicarse conmigo de forma insistente a pesar de mis quejas e intentos de que se callara.
No sé si las chicas de ahora que no quieren practicar el sexo anal serán vistas como mojigatas en el futuro, me dijo, pero dígame, ¿acaso meter la lengua en la boca de otra persona no es tan inútil o poco romántico en cierto modo como el sexo anal?
¿Usted qué edad tiene?, me preguntó de sopetón. Se la dije, y dijo: ¿Qué edad ha dicho que tiene?
Él tenía una terraza, dijo, una terraza idílica que daba a un paisaje idílico que era básicamente el mar y los atardeceres en tus morros; para mí era tan romántico que algunas tardes de sábado acabábamos teniendo discusiones absurdas porque yo no sabía decirle por qué tenía los ojos llorosos si sólo estábamos en la terraza bebiendo algo y holgazaneando; ya sabe usted. Él creía, me dijo la Mujer, que me había molestado de alguna forma, por algo que hubiese dicho o hecho. Lo cierto es que yo no se lo ponía fácil, se lo puede figurar, era callada y… bueno, ya podrá usted deducir por lo dicho antes que para mí el sexo aún era como un monstruo conyugal de tres cabezas con el que me veía obligada a lidiar…
Yo debía tener 22 o 23 años, lo cual quizá sea el equivalente mental en muchos aspectos de una niña de 11 o 12 hoy en día. Él era mayor, pero no mucho más, lo que pasaba es que yo era una niña de aldea, y él venía a verme desde la ciudad, una ciudad para mí en aquellos tiempos era algo así como el lugar al que sólo viajaba la gente realmente preparada del pueblo, los preparados para encajar allí, con mentalidad adaptable a la ciudad. Cuando alguien se iba a estudiar o aprender un oficio a la ciudad, era porque todos decían que era una mente privilegiada (ni se imagina el chasco que tuve unos años después con todo tipo de ex universitarios y empresarios…); pero él no, con él tuve lo que mi madre llamaba «una caída al pozo», era la forma que tenía ella de hablar de la gente que parecía enamorada de alguien. Y yo lo estaba, hasta el punto de que él se comenzó a cansar de mí; porque yo comencé a preocuparme por él, a sufrir por él de forma irracional, y a sentir que me moría por dentro cada vez que había una mínima posibilidad de que hubiera conocido a otra mujer.
Ya se figurará por dónde van los tiros, me dijo, él no quería ponerle nombre a lo nuestro; yo solía pensar en si existe la posibilidad de seguir queriendo a alguien a ciertos niveles aunque ese alguien pueda no ser exclusivo para ti; lo que mi madre llamaba «no saber salir del pozo».

No, continuó la Mujer, vale, no creo que me esté explicando muy bien, y seguro que seré dispersa, pero no quisiera banalizar esto; no quiero hacer como esa gente que habla con una facilidad pasmosa de relaciones pasadas como si hubieran sido algo liviano y tonto y sin importancia, siempre me da la sensación de que mienten y de que estarían más bonitos callados; una buena dosis de discreción y callarse la boca la mitad de las veces que quieren hablar les sentaría muy bien a muchas y muchos; así que no, olvide lo que he dicho antes, o no lo tenga muy en cuenta; todo fue mucho más complicado; lo que me da terror es que usted no tenga ni idea de cómo enfocar estas memorias, yo no soy más especial que otras mujeres, pero no quiero que todo lo llorado y sufrido se queden en un par de reflexiones sobre una niñata colada por un pimpollo que tenía miedo al compromiso. La verdad siempre es mucho más compleja, intentaré ser más sincera; eso que mi madre llamaba «acercarse al Diablo».
Él, me dijo la Mujer, parecía tener lo que mi madre catalogó como «miedo al miedo»; era un chico del pueblo que enseguida huyó de él; estudió fuera y se especializó en todo lo que pilló, no había materia que se le resistiera. Vivía, digamos, de puertas para fuera; con el tiempo entendí que no había mundo interior en él, todo lo que había en él era caminos a medio recorrer, metas a medio alcanzar… Recuerdo que yo escribía poesía, y que para él ver uno de mis poemas era como haberse enterado de otra media hora más no-productiva de alguien en el planeta; me sonreía y decía que no se me daba mal, y que debía canalizar el talento hacia algo más práctico.
Pero no crea, me dijo, que –a pesar de lo tonta que era para cuestiones sexuales– no era inteligente; la verdad es que leía mucho, y por más burra que seas, si lees todos los días algo más que novelas románticas, algo sacas en claro; incluso con mi padre por allí vigilando todo el tiempo para que mis hermanas y yo nos mantuviéramos ignorantes siempre, aun así leí y leí a escondidas; aunque ni a mi madre le gustara que lo hiciera, leía todo lo que caía en mis manos.
¿De verdad tiene usted sólo 24 años?, me preguntó.
¿Ha visto a Dios alguna vez?, me dijo, yo he visto a Dios; yo tenía todo el mundo interior que le faltaba a aquel gilipollas al que quise más que a nada durante años; tuve mundo interior por los dos; todo lo exterior era mundano y se quemaba, se corroía; todo resultaba de lo más artificial, era todo… ya sabe, soportes para el ego, todas las conversaciones y los cariños falsos, todos los saludos, los signos de exclamación… era como las redes sociales hoy en día, pero todo concentrado sólo en la vida real. Figúrese lo que era ir a una fiesta o intentar decirle a alguien que le querías; tus sentimientos estaban separados de la persona amada por mil capas de mediocridad solida y salida de una hormigonera existencial que en el fondo siempre ha sido más o menos la misma; toda esa apología de la sencillez y la normalidad y el “ir tirando”, hace que cuando crees que sientes algo de verdad, te sientas muy lejos de saber expresarlo como querrías. Y eso no es todo, porque además te pedirán que etiquetes, querrán que etiquetes sentimientos que pueden hacerte llorar si te detienes más de tres minutos en ellos; en algún momento de la Historia nos hemos quedado clavados a nivel reflexivo, pero otros elementos superficiales han seguido hacia delante, evolucionando, transformándose en preciosas joyas y espectáculos al servicio de ese atontamiento no reflexivo que está llevando a todo ese mundo exterior al colapso…
… es como si nuestro sistema estuviera a punto de ahogarse con sus propios vómitos de marca.

No creo en Dios, me dijo, pero eso no quiere decir que Dios no pueda ser una invención de cada uno de nosotros, como si te da la gana llamar Dios a alguien a quien admiras. Esa clase de dioses sí existen, suelen ser los que saben expresar o provocar todo eso que le decía antes, muchacho. Para contar mi vida, en realidad tendría que hablar de la vida de muchas mujeres, ya que para todas siguen surgiendo los mismos problemas siempre, las mismas preguntas sin respuesta y los mismos orgasmos sin sentimiento; el hecho de que yo sea una especie de semicelebridad no me hace especial, sólo me hace más famosa, así que en lo tocante a las cosas importantes de la vida, puede sufrir o disfrutar cualquiera a los mismos niveles.
Me dicen siempre, me dijo, que por qué no me busco ya un compañero… ¿lo ha oído bien?, “un compañero”, para no estar tan sola en casa y demás…; quieren que deje de pensar en el pasado, en aquellos momentos en los que me sentía viva de verdad. Es una lástima que no siempre el hecho de estar viva coincida con la conciencia de que lo estás; pero yo de joven era demasiado inocente en algunos aspectos; y ahora quieren que me busque algún viejito para que me traiga flores o me acompañe a ver a mis nietos y que así mi hijo y su parienta puedan dormir tranquilos por no estar yo sola y muriéndome en mi casa; como si ellos no vivieran muertos la mayor parte del tiempo y rodeados de gente; lo que ha entendido él por ser feliz ha sido correr para vivir con una mujer antes de los treinta y tener un coche que recibe tantos cuidados que… mucho me temo debe ser lo más cerca que va a estar de enamorarse si sigue así… Y no digo yo que uno pueda elegir enamorarse; esa es la mayor desgracia ¿sabe?, puedes elegir emparejarte e hipotecarte, viajar, y poner en marcha la logística de un montón de planes, pero enamorarte… Pero mi hijo opina que todo funciona por la elección propia, que todo funciona igual que cuando era niño y le daba por pensar que cuanto más patatas fritas comiera más salado se volvería, o que si se atiborraba a bombones luego él sería un bombón. Lo peor es que eso que era un juego cuando era crío, ahora ya se lo cree de verdad; no hay misterios para él en el mundo; y además cierra los ojos a esa posibilidad; ¿usted cree que alguien sufriría por alguien si la gente pudiera elegir a quien querer?…; pues mi hijo cree que todo eso son chorradas; ¿usted cree que el matrimonio tendría tan mala fama ya si no fuera porque en realidad está todo plagado de gente como mi hijo?
Le diré una cosa más sobre mi juventud, me dijo, yo al menos era honesta; el motivo por el que el amor de mi vida me dejó fue porque en realidad se parecía mucho a mi hijo. Para empezar, obviamente no estaba enamorado de mí, y eso se sumaba al hecho de que no concebía en absoluto ese sentimiento infinitamente complejo más allá de unos cuantos arrumacos… y del sexo. El sexo, por cierto, digan lo que digan muchos, es un pilar básico para sostener esas relaciones ficticias: mucha gente no se enamora, realmente lo que parecen hacer es buscar a alguien que no sea muy complicado para tener una vida sexual monógama y bien vista, para poder hacer vida de pareja y fabricar recuerdos que adornar en el futuro… No da la sensación de que se enAMORen, es más bien como si se enSEXOaran; ¿le gusta la palabra?

Ya sé que le parecerá que estoy tirando balones fuera, dijo, que evito hablar de cosas propias, más personales o concretas… o lo que sea; pero no se confunda como hacen todos, le estoy abriendo mi alma, o al menos lo estoy intentando; lo que caracteriza a la gente no es su fecha de nacimiento o si salen cada sábado hasta vomitar; lo que caracteriza a la gente suele ser algo muy complicado de exponer; el sólo hecho de intentarlo debería ser suficiente para usted, además de que eso de las “memorias” hoy en día no es más que cínicos que se hacen pasar por filántropos de espíritu leyendo libros y subrayando datos sórdidos…; y perdone, pero mis memorias no serán así, así que ya puede ir metiéndoselo en la cabeza.

Sí, a estas edades, expuso, es probable que te dé por pensar, porque puede que antes ni siquiera te hayan dado la oportunidad. Ya que saca el tema, siempre he tenido la impresión de que todo eso del consumismo va aún más allá de comprar ropa o cambiarse el teléfono cada cinco meses; creo que a cierto nivel lo que hacemos a menudo es comprar una versión distinta de nosotros mismos para evitar interiorizar de verdad en nuestras opiniones por puro miedo a hacerlo, por no saber en qué nos convertiría eso… o por si eso pudiera hacer que nos quedáramos solos.
Cada vez que sales y te pruebas cosas, decía, cada vez que pagas para obtener algo innecesario a cambio, estás comprando tu propio gusto, tu olor, la opinión de los demás, tu estatus; no se trata sólo de un pañuelo o una blusa, mucha gente de hecho se pasa la vida pagando un dineral para seguir ignorantes, pagan más por eso que por cualquier otra cosa, que por sus casas o sus coches; créame, lo que más caro –a todos los niveles– les cuesta a muchos, es su propia estupidez, su petulancia, son capaces de canjear cualquier logro por la Habilidad de que Nada les Afecte, sus triunfos sólo son vehículos para perfilar el mundo que están perfilando: así era el amor de mi vida.
Y ya puede reírse con ganas si quiere, dijo, pero yo intenté ser una de esas personas; acabé en la ciudad yendo tras él, sin saber aún que para él yo era poco más o menos que un buen accesorio personal (algo como el vibrador en el bolso de una chica); y vale, no quiero exagerar, pero de verdad que amar a ese tío fue como intentar jugar a tenis en una pista de frontón; jugué todo el tiempo sola, cegada por todo eso que le conté antes; fui enterrándome a mí misma…
Silencio.
… aun así, si una cosa es posible en la ciudad, lo crea usted o no, es acabar escapando de eso para volver a ser la persona que eras (o más bien la que eres de verdad).
Creo que una puede llegar a volver una y otra vez a ser la persona que es de verdad, me aseguró, y creo que la herramienta es el conocimiento y el criterio atesorados por voluntad propia; cuando usted lee dos libros y decide cuál le gusta más; o cuando escucha dos discos o ve dos películas o conoce a dos personas… pero obviamente creo que eso sucede sólo a ese nivel “autodidacta”. Si siempre coincide con la opinión o los actos de alguien, quiere decir que o bien usted no tiene carácter, o bien no lo tiene la otra persona…
…algo falla ahí, y puede que sea lo mismo que falla a nivel global si tenemos en cuenta que todos los alumnos deben aprobar los mismos exámenes, y que todos suelen codiciar más o menos lo mismo para el futuro; ¿antes le hablé de lo de “ir tirando”, verdad?
Yo aprobé la tira de exámenes de todo tipo, dijo, se lo aseguro, y sin embargo al final sólo me sentía como quien acierta a todos los palillos con una escopeta de balines en una feria…
… y luego, ya sabe, me dieron todos esos peluches que probaban nada más que mi puntería.

Pero el mundo seguía siendo más fácil si fingías que sus reglas ya estaban bien para ti, dijo; seguro que piensa que esto se está volviendo más racional o frío de lo que usted quería para las memorias, pero no crea que todo lo que le digo se aleja tanto de los sentimientos; eso de que el amor mueve el mundo… no sé cuál será su opinión, pero yo creo que el amor no es más que una molestia para quienes se han adaptado fielmente y con cierto convencimiento a las reglas de este mundo; porque, sinceramente, creo que el amor está siempre descontrolado, tiene un poco de anárquico… y la anarquía es algo que casi nadie está dispuesto a aceptar para ninguna de las facetas de su vida.
Una vez más, murmuró, yo caí como todos también en eso; acabé tan agotada después de la relación fallida con quien yo realmente quería, que después sólo tuve fuerzas para arrimarme a un tío (el padre de mi hijo), que, por no enrollarme mucho con eso, era tan solo una persona que sólo buscaba compañía conyugal, una persona resignada que jamás se hubiese metido en una discusión que fuera más allá de los tomates de su huerto a las afueras…; pobre hombre…, descanse en paz.

Ahora, aseguró, a mi edad ya sólo me queda esperar, no voy a echarme novio ni voy a hacer ninguna de esas cosas que podrían dar pie a que mi hijo se sintiese un “mejor hijo”; no voy a presentarme en cenas de familia con el viejito desconocido de turno para que todos esos burros de carga existenciales de mediana edad sonrían; no voy a permitir que poco antes de la muerte nadie vuelva a tratarme otra vez como una niña o una idiota; tengo derecho a envejecer como me dé la gana; tengo derecho a ser malhablada ya a mi edad; tengo derecho a dejar claro que ya no soy la niña estúpida de veinte años que fui. Lo que haré será intentar compensar un montón de años de frustración sentimental haciendo exactamente lo que me dé la gana hasta que muera, y reaccionando de forma arisca cada vez que algún idiota que esté tirando su juventud por la borda a base de pose y mentiras elegantes, se atreva siquiera a darme un sólo consejo; ya seguí muchos consejos…; y no sé si ya tendrá suficiente para la introducción al menos, pero esta vieja decrépita ahora necesita irse a odiar saludablemente el mundo un rato a solas.

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2 pensamientos en “Relato recuperado (16) – Memorias

  1. plas plas plas! (aplausos)
    a la mierda los que dan lecciones de vida estando muertos, a la mierda los que no saben vivir mas que eso que les han contado que es vida
    me ha encantado, para variar

    nota mental: ya que no hay tetas… para cuando unas buenas espaldas o pectorales de algun macizo, por contentar a las lectoras 😉 (a mi, que coño!)
    (no soy octogenaria, pero digo tacos, muchos)

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