Relato recuperado (11) – Mundo Tess

Lo que vendría siendo la heroína del libro, Tess, es rubia, incluso de ascendencia sueca (ojos claros, piel blanca, característica delgadez…), pero la chica que te gusta en la vida real (y con la que no has concretado nada aún por inseguridades y motivos recurrentes y aburridos que no vienen al caso) no lo es. De modo que, más o menos a partir de la página diez, decides que no imaginarás al personaje tal y como es.
A medida que la historia avance, cualquier descripción o comentario que lleve a cabo el autor aludiendo al aspecto externo de Tess, conllevará un ejercicio de re-estructuración estética en tu cabeza. Así que Tess vive y se aventura en su Estocolmo natal, pero su cabello es castaño y ondulado, sus ojos, marrones, y nada de eso resta coherencia alguna a la trama de la novela, en la que, dicho sea de paso, dejas que el resto sea tal y como el autor lo concibió a cualquier nivel.
El libro es policíaco, hijo de la reciente ola de novela sueca de distribución internacional, eso parece. No hay nada nuevo en él, es lo suficientemente entretenido para cogerlo con ganas después de un día agotador, y, aunque sabes que no te va a sorprender y que sus personajes no te importan demasiado. Aunque sabes que no llegarás a obviar apenas nunca mientras lo lees el hecho de que estás leyendo un libro. Aunque no podrás sumergirte en él porque nada en él te provoca o agita o retuerce o inquieta. O te pone cachondo o te parece estimulantemente corrosivo. Aun así, sigues leyéndolo; porque el dato de cosecha propia que has aportado, hace que por más superficial y de-proyección-masiva que sea la novela, para ti será a priori mucho más emocional e intensa gracias –paradójicamente– a que ésta no te desconecta en absoluto de la vida real.

Cabe decir que, obviamente, el hecho de haber cambiado estratégicamente el aspecto exterior de Tess –añadido a que el libro de por sí no tiene potencial para que te abstraigas de nada–, hace que, por más que quieras, te sea del todo imposible sumergirte en el escenario literario al que el autor quería transportarte (…).
Además, el libro es largo. Vale, eso es algo en lo que no habías pensado. El libro tiene esa característica propia de muchos bestsellers; es gordo y tiene una austera portada. Está bien señalar que, muy probablemente, es la clase de tocho lineal que pesa como un bebé y que normalmente está pensado para que pueda entretener a literalmente cualquiera que empiece a leerlo. Es decir, en su contenido no tiene cabida ninguna reflexión, pregunta o ambigüedad que pueda incomodar al lector en lo más mínimo. Admite violencia y sexo (hasta cierto punto), y eso es todo. Todo eso hace que sea relativamente rápido de “degustar”.
Pero así como a mucha gente el libro le «chiflaría» (un perfil de lector que sólo devora novelas contemporáneas superventas, y de hecho para el que realmente el escritor pensó su obra), otros lectores más experimentados o exigentes (o quizá tan sólo ególatras o modernos ávidos de alimentar cierta pose), podrían comenzar a aburrirse según van leyendo. Eso, sumado a su ímpetu por llegar al final, podría hacer que, en lugar de acabar con su lectura en apenas unos días, tardaran semanas y semanas de manoseo de la austera cubierta para saber qué coño pasa con Tess en el último capítulo de la puñetera novela sueca de 22,50 euros.

Tú crees que encajas más en el segundo grupo (lector experimentado, o moderno que alimenta su pose). De modo que, el hecho de haber mutado a Tess en la chica que te gusta, se acaba convirtiendo en un arma de doble filo. Al principio pasas las páginas con soltura. Agradeces la sencillez narrativa y sigues la historia empleando el mismo esfuerzo intelectual que tu madre emplea para seguir su telenovela.
Luego vas dándote cuenta de que el libro tiene de policíaco lo que tiene de original. Con horror, deduces gradualmente que en realidad no estás leyendo novela negra sueca (aunque el autor sea sueco), sino que es más bien sólo otro producto pensado para adolescentes descerebrados.
Está bien. Respiras y Googleas.
Descubres que el libro sólo es el primero de una serie de siete (¡siete!) en los que Tess es una veinteañera rubia pero morena que está enamorada de un espía que evita relacionarse en exceso con ella –aun, por supuesto, estando enamorado de ella– para protegerla.

Sea como fuere, sigues leyendo. No te va a hacer ningún mal, y así podrás decir que lo probaste y que por eso sabes de lo que hablas al criticar esa clase de sagas literarias. No sabes si eso decanta más la balanza hacía el Lector experimentado o hacia el Moderno de pose, pero aun así tomas la decisión de llegar al final del tocho cimentando tu actitud en una buena base de estúpida cabezonería.
Con todo, mientras lees, te das cuenta de que hay otro motivo de peso para no abandonar el libro. Vas escaso de pasta, y el único otro libro que te espera sin leer en la estantería es una antología de poesía publicada por un conocido que sospechas podría estar saliendo con quien llamaremos N (la chica que te gusta). Fuiste a la presentación de dicho libro sin saber muy bien por qué (aunque lo sabías), y hasta compraste un ejemplar para quedar bien. Pero en realidad no quedaste bien ni mal, sólo te gastaste 15 euros en la obra de un veinteañero –muy probablemente enchufado– que suele llevar chaleco y sombrero, y que publica poemas en un blog en que sueles aguantar lo que la velocidad de Internet ese día te obligue a aguantar. El libro, en esencia, representa todo lo que odias de tu vida y de ti mismo, así que lo último que harías sería ponerte a leer algo que sencillamente sería imposible que te gustara; siempre encontrarías un motivo para despedazar cada poema. Sería como quemarte el escroto con la colilla de un cigarrillo. Innecesario y doloroso.

Sigues leyendo, y en el proceso calculas sin parar las páginas que te quedan. Es tu ritual nocturno. Sabes que no te dormirás si no lees al menos una hora antes. Podrías releer algo, otra cosa, pero dado que ya llevas trescientas páginas, decides que vas a seguir adelante.
Estás en un error; puede que lleves meses en él. Pero se supone que vas a aprender la tira de eso; eso dicen. No sabes bien si también se aprende cuando uno es consciente del error mientras lo lleva a cabo. Pero lo cierto es que en esta vida siempre topas con alguien lo suficientemente optimista como para justificar casi cualquier lance de la misma. Esos tíos escriben mamotretos en los que se te acusa sin parar de que eres infeliz el 80% del tiempo sólo porque quieres (y sólo por tu culpa). Quieres pensar que esos tíos no son sólo unos tramposos y meras máquinas expendedoras de tácticas de marketing baratas. Según ellos, todo el tiempo que llevas sin haber atacado frontalmente aún a N, son una carrera de la que vas a aprender tanto que luego vas a ser insoportablemente inteligente, benévolo, reposado y brillante. Te vas a levantar todos los lunes con una sonrisa real y vas a ser puro amor para el mundo. Pura productividad. Y te va a llover el dinero, porque nadie va a poder resistirse a tu nuevo encanto. Les vas a decir que todo lo que aprendiste surgió del sufrimiento. Eso es lo que quieren oír; y tú les dirás que es cierto. Que existe el cielo en la tierra. Sólo deben fabricarselo.
Empeño y tesón. Cuatrocientas páginas y Tess cada vez es más idiota. Además el personaje del que se enamora parece una especie de autómata estúpido, como una ametralladora de frases hechas y cursilerías que rayan la toxicidad de un pederasta intentando ligar con su sobrina de cinco años. Pero para Tess, por supuesto, el tío es un encanto.
(Nota: Desde hace como doscientas páginas has comenzado a imaginar al personaje masculino con el aspecto del poeta veinteañero; en el fondo crees que seguramente el chaval (el veinteañero) es bienintencionado e inteligente (aunque sólo sea al estilo Moderno de pose), pero el tío de la ficción es tan rematadamente plano y sin calorías que llega a divertirte hacer ese juego, aunque sólo sea de modo puntual.)
Las descripciones del personaje masculino aluden siempre a rasgos físicos, sonrisas que alivian a Tess, y comportamientos que en la novela potencian la idea de que la «chica» es tonta (pero tonta casi como cuando en una comedia el personaje más idiota choca una y otra vez contra una farola sin saber sortearla), y el chico es recto, de espíritu noble y siempre con la decisión correcta para con ella en la boca.
El libro, piensas, tiene claramente una lectura terriblemente misógina. Hasta el punto de que has imaginado campos de concentración para mujeres mientras lo lo lees. Campos en los que se las obligaba a maquillarse cada mañana, se las obligaba a llevar tacones, a ser dulces de ese modo amanerado que sólo parece tener cabida o encanto ya en ciertas películas más allá del sexo. Campos en los que se las obligaba a ser modernas y a la vez retrogradas, lúcidas pero sabiendo esconder neuronas para no asustar a nadie. Embarazadas pero con planes para seguir haciendo deportes de riesgo. Femeninas pero capaces de hacer trabajos de cualquier tipo cobrando menos que los vigías de las torres. Etc. Campos en los que, para redondear la pesadilla, la mayoría de las reclusas decían sentirse cómodas. Aun siendo juzgadas permanentemente no sólo como el sexo débil, sino también como el sexo ambiguo y hecho un puto lío.
Un puto lío sin razón aparente, añaden muchos.
Sabes que de todas formas el hecho de que el autor sea hombre no es necesariamente significativo; sobre todo teniendo en cuenta que el libro es cualquier cosa menos orgánico u honesto (o que lo es tanto como lo pueda ser la gestión de un agente de bolsa). Sabes que en lugar de un autor podría haber sido una autora la que pariera semejante material, y que de hecho ya muchas lo han hecho. Son esos productos de consumo masivo que sólo crean –o potencian– Princesas en la vida real esperando en su torre. Esperando, en muchas ocasiones, hasta morir. Es el motivo por el que algunas mujeres ya no aceptan casi ni un ápice de amabilidad servil; cosas como que alguien les abra la puerta o les acomode la silla para que se sienten, son detalles que sólo hacen que sospechen de ti. Lo cierto es que, además, si después te insinuaran que eres un machista, ni tan siquiera tendrías demasiado derecho a hacer algo más que callarte y bajar la mirada dadas las circunstancias.
Con libros y películas así, uno siempre se pregunta cómo reaccionaría el sexo masculino si tuviera que enfrentarse a las ambigüedades y contradicciones relacionadas con la gestión de la autorrealización con las que se tiene que enfrentar el sexo femenino

Pero reflexiones al margen, sabes que lo único que estás consiguiendo al leer el libro, es pensar cada vez más en N y menos en todo lo demás.
Tess, al final del libro (que no de la historia, que, recuerdo, tiene seis putos volúmenes más (!)…) se queda hecha un ovillo en su cuarto (cuarto que ocupa y decora desde los cero años) en casa de sus padres, mientras el valeroso espía viaja al extranjero con una misión de vida o muerte, o quizá incluso asesinato, ya que el tío, se insinúa, podría ser también un matarife, posibilidad que más allá de sembrar terribles dudas en Tess, no hace sino mojar aún más si cabe su ropa interior al pensar en el “poeta veinteañero” plano y valiente y siempre con la frase edulcorada de turno en la boca.
Hay dos escenas de sexo en todo el libro. Eso fue lo que te despistó cuando comenzaste a leerlo. Aunque ninguna de las dos son entre la Tess morena y el “poeta veinteañero”.
Al acabar de leer la última página, coges el otro libro, el de poemas. Ese día te sientes bastante tranquilo. N te ha mandado un mensaje bastante ambiguo al móvil (normalmente nunca envía mensajes al móvil; sólo usa redes sociales, en las que todo queda más bien diluido y despersonalizado; Facebook es como una sopa aguada). Comienzas a leer el libro de poemas.
Y es asqueroso, joder. Menudo payaso efectista y sin alma. Tu conclusión después de haber leído medio poema, es que las mujeres van a seguir confusas y hechas un lío para toda la eternidad. Eso, no sabes por qué (o sí), te hace sentir mejor.

Tetas del día (hijas de la exitosa ola de novela sueca)

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