Relato recuperado (10) – Emma Stone’s circus

He aquí a Paula, sentada en la sala de espera de urgencias. Su hijo de trece años sentado a su lado. La sala está a rebosar de gente, hay dos mesitas en medio de la estancia, atiborradas de revistas. En la mayoría de ellas, fotos de celebridades concienzudamente acicaladas en previsión de las mismas. En otras, famosos pillados desde el quinto pino, en las terrazas de sus casas, en la playa, en la calle, donde sea. Es algo irónico, a la vez que metafórico, piensa Paula, ver todas esas revistas rodeadas de enfermos.
Un chico entra en la sala de espera con algo, un hierro de unos treinta centímetros, clavado por detrás de su oreja; tiene la mirada vacía y gotea sangre. De repente alguien se lo lleva de allí. Se oyen gritos, una mujer llora al fondo de un pasillo. Una chica de unos dieciocho años empieza a vomitar. La que se supone su madre, le recoge el pelo y resopla. Todo empieza a oler a algo como verdura a medio digerir.
Cuando ya está todo realmente apestado, alguien llega con unos polvos y los echa sobre el charco de vómito. Más gente sigue entrando en la sala de espera. Mucha gente mayor, y también críos con fiebre, problemas de estómago, y un largo etcétera de tópicos. Hace ya hora y media que Paula y su hijo esperan.

Emma Stone es una actriz americana de 22 años, lo más parecido a la reencarnación humana de un Coulant. Algo que ya de por sí impacienta de algún modo y pone nervioso a cualquier tío adulto, y que podría ser fatal para un adolescente que acaba de descubrir la masturbación. Muchos están a punto de saberlo.
El médico sigue llamando a la gente por su nombre. Ves entrar en la consulta a alguien aparentemente estable, y sin embargo se pasa ahí dentro tranquilamente veinte minutos hablando. Algo más que resulta irónico en una sala de espera de urgencias, esa esa frase de John Lennon: “La vida es eso que pasa mientras estás ocupado en otros planes”. Y es verdad. La vida es eso que pasa mientras trabajas en algo que te es indiferente, vas al médico y alimentas al monstruo de la hipoteca. Hay otra cita bastante más apegada a las circunstancias, y es de Bukowski: “Hay veces que un hombre tiene que luchar tanto por la vida que no tiene tiempo de vivirla”.
Paula mira a su hijo y éste baja la cabeza. Su hijo, que aún no se plantea qué coño es la vida, en qué coño pensará un optimista autodeclarado un lunes por la mañana. Su hijo, que por la tarde se encerró en su habitación, puso “Emma Stone” en Google, y no paró de machacarsela hasta que vio que le salía sangre por la rajita del pis.
El crío comenzó a llamar a su madre, aterrado. Paula acudió corriendo. Cuando abrió la puerta, el niño se sujetaba la entrepierna por encima de los calzoncillos, con los pantalones por los tobillos. Al conseguir que apartara las manos de ahí, Paula vio la mancha de sangre en la ropa, y comenzó a hacer preguntas. Emma Stone sonreía desde la pantalla del ordenador, en colorido biquini, metida medio cuerpo en una piscina, coronada con un sombrero de paja y photoshopeada hasta parecer el falso susurro de un ángel.

Cinco años atrás, Roberto Sánchez Pozuleo entró en un discoteca acompañado de sus colegas. Tipos todos alrededor de los cuarenta. Alguien se iba a casar pronto. La mayoría iban con pitos, armando escándalo; uno iba disfrazado de mujer (o de mujer desahuciada y frita por las drogas, que es el aspecto de un tío cuando decide embutirse en la ropa de su madre o su pareja). Era, pues, el típico ambiente forzado de despedida. Roberto se enrolló con una veinteañera en los lavabos unos cinco cubatas después. Luego, cogió el coche y dejó viuda a Paula, y como un vegetal a la veinteañera.
Encontraron el vehículo estampado con otros dos que estaban aparcados; en frente había un hotel de dos estrellas.
Luego, Paula sobrevivió a dos intentos de suicidio.
La veinteañera (aún veinteañera) vive en casa de sus padres. Su novio desapareció del mapa. Por las noches acostumbra a soñar que puede caminar y correr y desplazarse por instalaciones sin rampas.
La pareja que se iba a casar, lo hizo -pese al mal ambiente- debido a un ataque de rabia femenino en plan “de-pequeña-ya-me-disfrazaba-de-novia-y-posaba-mirándome-al-espejo”. Un año después tuvieron un hijo para intentar solucionar las cosas; y al cabo de dos años se divorciaron.
(El tío que se había disfrazado de mujer… bueno, aquello no era sólo una coña…; su novia le dejó tan solo dos días después de la despedida…)
Etcétera.

Paula piensa ahora en aquella época. Aquella gente. Su marido, los amigos de su marido, aquel hotel de dos estrellas que aún existe… Esto no es nada, piensa, yo he estado en el infierno, que mi hijo se haya masturbado hasta sangrar es como mucho anecdótico. Quizá no es la clase de anécdotas personales que contarías en una cena, pero no es más que eso, otro adolescente salido.
Al cabo de dos horas de espera, alguien con bata del hospital le susurra a Paula que su hijo y ella están en la sala equivocada. ¿Cómo?, dice Paula. Síganme, les dicen.
Los conducen por pasillos y más pasillos. No nos hagan preguntas, dice esa bata andante, nosotros tampoco sabemos lo que pasa. No le busquen sentido a esto, les dicen. ¿Sentido a qué?, dice Paula. Síganme.
Pasillos y más pasillos, y al fin llegan a una puerta. Una puerta al final de un pasillo. El crío agarrándose sus partes, sin saber bien si aún sigue sangrando o no, con un dolor agudo en el prepucio.
La sala nueva a la que les hacen pasar, está llena de otros chavales de doce, trece, catorce años… Hay incluso un tío de unos treinta y cinco, aparentemente solo.
Todos están con sus padres, con algún miembro de sus familias. La persona que les ha acompañado, les dice que esperen en esta sala, por favor, ésta es la sala. Y se marcha, con ese ademán atareadísimo de profesional de hospital.
Paula resopla, espolea al chaval a que se siente en una de las pocas sillas libres que hay. El resto de padres y familiares la miran con cierta compasión, a veces hasta con un deje de burla, como si fuera la niña nueva de la clase. Paula desea un cigarrillo con todas sus fuerzas. Mira a su alrededor y ve que todos esos adolescentes también se sujetan sus partes, como si éstas pudieran desprenderse solas de ellos. El ambiente está enrarecido, cualquiera lo notaría.
Una señora se levanta y va hacia ella. Su mirada parece maternal, comprensiva. Así que Paula la mira, espera a ver qué tiene que decirle esa mujer. La bondad de sus ojos hace que bajes las defensas. Y la mujer le susurra: ¿Es la primera vez?
¿Cómo?, dice Paula.
Que si es la primera vez… del muchacho…
Paula solo transmite incomprensión.
Es por esa chica, dice la mujer, esa actriz americana… Dice que ella y su marido están desesperados con ese asunto. El hijo de la mujer está sentado en el suelo, tiene unos catorce años, acuclilla los ojos de puro malestar. El mío tiene lesiones internas, dice la mujer. Hace dos años que empezó con eso…
¿Que empezó con qué?, susurra Paula, ya algo desesperada.
Da igual, dice la mujer, no quiero desanimarla a usted, pero sepa que eso -mirando al crío de Paula- tardará en acabarse…

Pasa una hora. Todo el mundo sigue mirando a Paula y a su hijo. Siguen siendo como “los nuevos”. Los que no se enteran. En medio de la sala no hay ninguna mesita con revistas de famosos. Ya era curioso que las hubiera en la otra sala, piensa Paula. Todo tiene un aspecto triste, aún más frío que cualquier otro lugar del edificio. No hay cuadros en las paredes. No hay adorno alguno. La señora vuelve a levantarse y se acerca a Paula. Hace mucho que quitaron los cuadros y la decoración aquí, dice en voz baja. Tenían esa típica foto de una enfermera pidiendo silencio con el dedo indice sobre sus labios, susurra, pero era demasiado peligroso; de todas formas aquí nunca nadie tiene ganas de hablar…
La señora dice que el ambiente hoy está más tenso de lo habitual en la sala. Una de las madres presentes ni tan siquiera llega a los cuarenta años. Es una mujer atractiva, dice la señora, demasiado atractiva. Es arriesgado, dice.
Paula la mira y murmura irritada: De verdad, no entiendo nada de lo que me estás diciendo.

La señora arrastra a Paula fuera de la sala, el chico se queda solo. Luego la arrastra hasta la calle. Tranquila, dice, aún tardarán en comenzar a llamar a la gente. Una vez fuera, Paula se enciende un cigarro. La señora le pide uno. Paula se lo enciende también a la señora. Y la mujer dice: Hace veinte años que lo dejé…
Entonces qué pasa, pregunta Paula, ¿esa sala es para pajilleros o qué es lo que pasa? No exactamente, murmura la mujer. No exactamente.
Se tardó mucho en saber qué era lo que pasaba, dice. Todos esos chicos, esos niñatos salidos, tienen una cosa en común, dice la mujer, y se queda en silencio un momento. Paula espera, se siente como en un sueño desagradable, empieza a sentir cosas muy parecidas a las de cierta época de despedidas de soltero y vegetales veinteañeros. Lo que tienen en común es a esa chica, dice la mujer. Esa Emma Stone.
Paula ni tan siquiera se había fijado en quién era la mujer de la pantalla del ordenador de su hijo. Solo sabe quién es la actriz porque la habitación del crío la llenan los posters de sus películas. Un rollo adolescente muy común. Nada que ver con fenómenos extraños. La mujer cuenta que hace dos años su hijo tuvo que venir por primera vez a urgencias. En cuanto mi marido y yo nos dábamos la vuelta, el niño estaba… ya sabe… con las fotos de esa chica. Ni tan siquiera sé qué le ve, dice la mujer; sí que es guapa, pero es tan delgada… Entre otras cosas, la mujer enumera problemas como desnutrición, peligro de deshidratación y hasta potenciales achaques cardíacos debidos a un ritmo de masturbación fuera de lo común. Se olvidan de comer, dice, de beber, de hacer los deberes, de salir, de ver a sus amigos. Todo lo reducen a las fotos y los videos de esa niñata.
Y todos, susurra aun estando en la calle, todos los chavales de ahí dentro están así por ella y sólo por ella. No hay decoración en esa sala porque cualquier detalle mínimamente femenino les puede retrotraer a ella. Por eso hoy hay tensión debido a esa madre que hay, esa tía demasiado joven. Además, dice, se les dispara la imaginación enseguida. Saben que la mujer debió de tener el hijo muy joven, así que piensan inmediatamente en que debía ser una cachonda y cosas así, lo cual les hace pensar otra vez en Emma Stone. No veo la conexión, dice Paula. Son adolescentes, Emma Stone es lo más cerca que han estado de tener sexo, para ellos esa chica lejana es una guarra, una cachonda, cualquier detalle les conectará con ella. Es el morbo de imaginarla en las situaciones más depravadas, dice la señora. Cuanta más pinta tenga la chica de Ser frágil y femenino, más brutales son las fantasías. Mire, dice, y saca un papel de su bolso. En él hay una lista escrita a mano. El doctor le hizo hizo escribir esto a mi hijo, susurra. La lista lleva por título: Fantasías esenciales. Es como el doctor las llama, dice la mujer. Lea, lea, dice.
La lista es de lo más extrema. Empieza con un oral ejecutado por Emma en el que por supuesto se acaba tragando el esperma. Y acaba con una escena que incluye besos negros y pis femenino. Y créame, dice la mujer, seguro que el cabroncete no ha apuntado toda la verdad ahí.

Algo ha pasado en la sala de espera. Cuando Paula y la señora regresan, están metiendo el cuerpo de uno de los chicos en una de esas bolsas, esas de los accidentes de tráfico. El cuerpo tiene una brecha terrible en la cabeza, gran parte del suelo está salpicado de sangre. La señora le cuchichea a Paula que el chaval tenía dieciséis años, y que llevaba tres años viniendo de forma muy habitual. Al parecer no ha podido aguantar más, susurra. Algunos de esos chavales tienen fotos de la actriz en sus carteras, en sus bolsillos, o escondidas. Les registramos a menudo. El venir aquí supone no ver ese material durante horas, y en muchos casos se llega hasta límites de síndrome de abstinencia insoportables para ellos.
Mientras sacan el cadáver entre dos hombres, la madre del mismo llora arrodillada en el suelo. El que parece el padre, intenta levantarla para sacarla de allí. Paula mira hacia un rincón de la estancia; un chico se está masturbando con la cremallera bajada, aprovechando el ensimismamiento del hombre que hay a su lado, que debe ser su padre. La señora le dice a Paula que estos accidentes y desgracias no hacen más que acentuar la obsesión de los chavales por esa chica. Uno de ellos acaba de morir por ella. Una de las sillas tiene un grotesca mancha de sangre en un borde, y hasta parece que un trozo de cráneo. Ahí es donde debe haberse empotrado el chaval sin saber ya qué hacer, lejos de su casa, su ordenador, los deuvedés, las fotos… y encima sabiendo que estaba aquí para superar todo eso. Y qué puede haber más excitante para los otros que saber que alguien a muerto por ella, y que ellos lo han visto. Ese niñato, muerto por el culito blanco de Emma. Puede que sea una perdida de tiempo el haber venido hoy aquí, dice la señora, porque después de lo sucedido, todos estos niñatos deben estar deseando volver a casa para volver a machacarsela hasta que no puedan soportar el dolor por las lesiones genitales que ya tienen.
La madre del chaval muerto sigue tirada en el suelo, llorando, intentando respirar. Es una mujer gruesa de unos cincuenta y cinco años. El hombre que la acompaña no es capaz de manejarla. El chico que se estaba masturbando ya ha sido reducido por su padre. Cuando le han regañado, ha empezado a gritar hasta la afonía que quería ir al lavabo, que lo necesitaba. Durante un minuto, los lloros de la señora y los gritos del chaval han hecho que el mero hecho de estar presente fuera casi insoportable.
Un vez la señora que llora se consigue calmar, comienza a mirar con odio a la madre joven. Esa tía, esa madre que no debe ni llegar a los cuarenta y que tiene a un pipiolo de catorce sentado al lado. Es por tu culpa, grita ahora la madre afligida. Es por tu culpa, todos los chavales están de los nervios por tu culpa, mala puta. Los gritos hacen que Paula acuclille los ojos. Tenemos que ir con nuestro hijo, le dice el tipo, que intenta levantar del suelo esos ciento y pico kilos de mujer demacrada.
Y ella sigue gritando Es tu culpa, tu culpa, tu culpa…

Cuando los padres del chaval ya no están allí, alguien viene y echa esos polvos blancos que usaron en la otra sala para los vómitos, esta vez para la sangre. Esto no es nada, dice la señora que susurra a Paula. De verdad, dice, esto no es nada.
Se cuenta una historia terrible entre los Emmis (así es como son llamados los pajeros de la categoría Emma Stone entre el personal hospitalario). Se cuenta que un chico de catorce años obsesionado con la muchacha desde que la vio en “Supersalidos”, no paró de insistirle a su madre en que quería fornicar con ella (con su madre) a oscuras. Obviamente la mujer se negó, alegando que era repugnante y demás, y que en todo caso él era muy joven y que tenía que conocer chicas, hacer amigos… calmarse y dejar de decir tonterías, en definitiva.
Pero el chico insistió e insistió. No tenía suficiente con tocarse en su cuarto viendo fotos y videos de la muchacha americana. Quería la experiencia real que llevara su imaginación hasta el máximo nivel de simulación de sexo con Emma Stone. Le daba igual quién fuera la mujer; pero joder, pensaba él, su madre era su madre, ¿qué tenía de malo? Para eso estaban los condones, ¿no? Además a él no le gustaba su madre, ella solo era el vehículo de su fantasía. Era delgada, no muy vieja, y para él eso bastaba.
Así pues, al ver que la “egoísta” de su progenitora no quería ayudarle con su fantasía, la amenazó con suicidarse.
Un mes después de dicha amenaza, y al ver que el muchacho llevaba mucho tiempo sin hablar y con un semblante de lo más sombrío, la mujer se desesperó. Acabó doblegándose, convencida de que si no hacía lo que él quería, su hijo podía quitarse la vida. Quitársela por culpa de ella.
Intentó reducir la importancia del acto, se decía a sí misma cosas como: “Bueno, al fin y al cabo él salió por ahí, ¿qué más da que ahora pueda volver a entrar un poco?”.
Paula escucha la historia con la boca abierta. Después de lo que ha visto está dispuesta a creérselo todo.
Lo que se cuenta es que el chaval logró su objetivo. Y no solo una vez. Aquello se convirtió en una costumbre. Si papá no estaba en casa, el chico le insistía a la mujer hasta que ella se doblegaba. Entraban en el cuarto del chaval y follaban con las luces apagadas y las persianas hasta abajo.
Algo más que se cuenta, y que ya entra en la categoría de leyenda urbana, es que llegó un punto en que el chaval le dijo a su madre que lo sentía mucho, que aquello era repugnante, y que tenían que dejar de hacerlo.
Entonces, y siempre según se cuenta, fue la madre la que, con el tiempo, comenzó a insistirle a él que se la beneficiara; ya fuera a oscuras, en casa, en un hotel… a ella le daba igual.
Así que llegó el día en que el marido/padre comenzó a sospechar que su mujer le estaba poniendo los cuernos con alguien. El hecho de que fuera el propio hijo, para ella era la tapadera perfecta. El hombre podía ver señales de infidelidad, pero jamás una prueba de que otro tío hubiese pisado la casa. En esa casa nunca había nadie más. Sólo él, ella y el chaval. Un buen chaval, a su juicio, el típico adolescente, pero buen chaval. De modo que, ¿a qué venía ese nuevo humor de ella?, ¿ese caminar por algún pasillo de la casa recolocándose un suéter o la tira del sujetador cuando él llegaba del trabajo? Algo raro estaba pasando, pero ¿qué?
El final inevitable y que se cuenta, es que un día el hombre llegó temprano de la oficina. Subió las escaleras hasta el segundo piso, y escuchó que salían gemidos de la habitación del chico. Sin dudar, fue, abrió la puerta. Y no se veía un carajo. Cuando encendió la luz, ahí estaba su querida, en el suelo, con la polla de alguien dentro. Alguien blanquecino y delgado sobre ella. Demasiada información a la vez. Encima, ese alguien era quien era.
Edipo.
Sólo que éste se había olvidado de asesinar antes a su padre. Entonces, enfurecido, el hombre entró y golpeó al chaval con sus puños hasta que quedó inconsciente. Luego se dio cuenta de que el muchacho tenía una brecha en la cabeza. Y que con ella se había acelerado su fecha de caducidad…
Unos días después de encontrar a su mujer suicidada en la bañera con una foto del chaval flotando en el agua roja, se dice que el hombre cornudo al estilo de los mitos, se fue a esperar el tren; solo que lo hizo sin quedarse estático, lo hizo dándose un paseo por las vías, por los túneles, asediado de a saber qué pensamientos puros o viciados.

Toda la sala huele como a gato muerto. Nadie ha limpiado a conciencia el estropicio dejado por el reciente fallecido, se han limitado a mejorar la foto. Paula susurra que no lo puede creer, no puede creer que acabe de ver a un chico morir por una actriz a la que no conoce.
Oh, pero no es algo puntual, susurra la mujer confidente. No es que el chico muerto sea especial, dice, y comienza a rebuscar algo dentro de su bolso. Saca un papel, y lo desdobla. Se lo pasa a Paula. Es un mapamundi, hay ciertas zonas coloreadas de rojo, España y centroeuropa son las partes más, digamos, rebosantes de actividad. En Asia, sólo Japón está marcada. Es el mapa de incidencia, dice la mujer. Son las zonas más afectadas; es mejor que lo sepa ya, murmura, entre los médicos lo llaman el huracán Emma… y se echan unas risitas, ya sabe… La mujer dice que en la profesión hasta le han puesto nombre al asunto: Fenómeno Acteonológico Focalizado. FAF.
Es un complejo de Acteón masivo, dice. Paula le pregunta qué es el complejo de Acteón. Tiene que ver con el mito de Artemisa, susurra la mujer. Resumiendo, los hombres que se la quedaban mirando, no podían dejar de mirarla o algo así. Según cuenta el mito, Acteón la vio bañándose desnuda, y ella lo transformó en un ciervo como castigo…
Esto es un fenómeno acteonológico focalizado, porque les pasa a muchos, y les pasa con una sola mujer, dice la mujer. El castigo de Dios, al parecer, es el de convertir a estos chicos en máquinas de autolesión, dice.

Finalmente, un medico sale y comienza a llamar a los chavales por su nombre.
A veces se oyen gritos desesperados que llegan de la consulta. Esos gemidos roncos de adolescente. De vez en cuando captas un sonido “apaciguador” del médico, órdenes de los padres… Muchos chavales comienzan a lloriquear en la sala de espera, seguramente a sabiendas de lo que sucede en la consulta.
Paula le pregunta a la señora qué es lo que pasa ahí dentro, qué les hace el médico para que los chavales suelten esos alaridos y hasta se encomienden a Dios y pidan que por favor por favor por favor les dejen salir de ahí. Oh, murmura la mujer, ya lo verá cuando llamen a su crío, en realidad sólo experimentan cosas distintas cada vez, ni ellos saben lo que pasa de verdad; es un problema mental, obviamente, pero lo que desconcierta a los médicos es por qué el denominador común de lo que pasa es esa chica. Sea como sea, piensa Paula, lo que pasa está aniquilando miles de penes y testículos adolescentes, y hasta exterminándolos enteros como una plaga. Es como si Emma Stone fuera una creación de la naturaleza para acabar con cierta generación a la que apenas se puede ya encarrilar para que piensen por sí mismos y sean personas mínimamente aceptables como seres humanos. Es como si el ecosistema natural a nivel mundial se estuviera reorganizando, y hubiera atacado por el flanco más débil: la masturbación adolescente.
La señora confidente parece estar leyéndole la mente a Paula; revuelve en su bolso y saca un recorte de una revista. Es un artículo de Jonathan S. Cuthbert; un polémico escritor, dice, creo que le puede interesar:

¿El comienzo del hartazgo natural?
Jonathan S. Cuthbert

No tengo mucho tiempo ni mucho espacio. Pero hay rumores desconcertantes que debo analizar aunque sea de forma sesgada; bulos quizá, que corren por los pasillos de los hospitales. Chismorreos de tal calibre, que servidor de ustedes no puede hacer más que comunicarles en calidad de leyenda urbana. Tales son las historias que se están contando, que las mismas me han hecho pensar en cierta película: El incidente. En ella, la naturaleza comienza, literalmente, a matar a los seres humanos. La amenaza es invisible, ves planos de grandes y hermosos árboles danzando al viento, y no es precisamente agradable. Algo, en el aire, algo que se mueve y que no controlamos, está haciendo que la gente se suicide. Es un aviso de la naturaleza. Algo estamos haciendo mal, y así funcionan las leyes naturales. Sencillamente la existencia se reorganiza, y el ser humano no es más que una mota en el universo. No somos imprescindibles, sólo somos porque la evolución nos ha dejado ser.
Como sea, se cuenta que los adolescentes se están comenzando a masturbar en exceso, y en masa. Vaya noticia, pensará usted. Pues bien, el hecho es que algunos lo están haciendo de tal modo que, no quieren hacer nada más; así como aquella película misteriosa de “La broma infinita” hacía que quienes la vieran dejarán sus rutinas y vidas para volver a verla una y otra vez hasta la muerte, algo está haciendo que los adolescentes se masturben sin compasión. Sin compasión por sus propios genitales. Se dice que, eso que pasa, sea lo que sea, está incluso matando a nuestros hijos. Algo se les mete en la cabeza, y no pueden parar de tocarse, encerrados en sus cuartos, enmohecidos y sucios, y sin tener en cuenta para nada lo que puedan opinar sus padres.
¿Qué opinan ustedes? ¿Se creen una sola palabra de lo que acabo de contar? Solo quiero añadir una cosa más. Intenten informarse en cualquier hospital sobre el tema. Observen cómo les rehuirán allí, sus caras incómodas, sus resoplidos indicativos de que ustedes no habrán sido ni los primeros ni los últimos en intentar informarse sobre esa “plaga de las pajas”. Observen en los ojos de esos profesionales cómo algo pasa, algo está pasando, sea lo que sea.

Paula le devuelve el recorte a la señora. Se siente indefensa, como si algo enorme y con dientes se le echara encima y solo pudiera dedicarse a esperar. No sabe en medio de qué tormenta se encuentra. Su hijo sigue sentado, y como en estado catatónico. Ni tan siquiera sabe bien qué hace allí, sólo sabe que está avergonzado, que su madre sabe que él se toca en su habitación cuando ella cree que está haciendo los deberes. Sólo sabe que ha tenido que tener una conversación sobre su pene con su madre, y eso es motivo suficiente para asentar las bases de una buena crisis de ansiedad infantil.
Con todo, todas esas personas siguen allí, en esa sala de espera, alimentando una leyenda urbana épica, nutriendo de risas malsanas cientos de cenas y reuniones a nivel mundial. Son el blanco de la diana del aburrimiento del ser humano.
Niños pajeros tan salidos que se acaban haciendo daño… Quieras o no, es un tema potencialmente divertido. Un historia más con la que sentirte con las cosas bajo control. A ti jamás te pasaría algo así. Ni tan siquiera a nadie de tu familia o tus amigos. Vosotros sois mejores que eso, más cuerdos. Paula ya sabe afrontar esa sensación de estar en el centro del huracán. Ahora sabe que la gente hablará de ella y todas esas personas en lugar de dedicarse a sus asuntos, y que la sala en la que está hace que la cita de John Lennon tenga mucho más sentido ahora.

Ya han pasado como cinco o seis chavales por la consulta. Todos salen con los ojos llorosos, a veces incluso haciendo gestos obscenos al medico o sus padres, soltando tacos y jurando que nunca más van a volver.
El crío de Paula sigue sentado, tiene también los ojos llorosos, y comienza a darse cuenta de que aquello no es normal; no es como cuando visita al médico de cabecera. No habrá sonrisas ni comentarios sobre lo común que es su dolencia; nadie le recetará un jarabe y se olvidará de él. No está resfriado ni tiene flato o dolor de estómago, no se ha dado un golpe. Ha empezado a sangrar por el pene y su madre le ha traído corriendo al hospital.
Mete las palabras «hospital», «pene» y «sangre» en la misma frase, y verás que se complica mucho el decir algo gracioso.
La atmósfera reinante en la sala, es de secretismo, es como si todos se miraran entre sí y se transmitieran la idea de que por dios bendito, lo que pase aquí se tiene que quedar aquí. Bastante duro es ya no saber si tu hijo va a sobrevivir como para encima andar por ahí convirtiendo tu historia en el próximo circo del humor cínico. El circo de Emma Stone. Sin payasos ni animales ni acróbatas ni nada de nada. Solo un foco apuntando a tu hijo, y todo un publico deseoso de Novedad riéndose a mandíbula batiente del modo que tiene el crío de sujetarse los genitales.
No convirtamos esto en un espectáculo internacional, se dicen todos sin hablar.
El Emma Stone’s circus.
Pasen y vean. ¿Hay algo más tierno que un chaval descubriendo su sexualidad y fallando estrepitosamente? Es un espectáculo moderno. La familiarización de lo aberrante servida para el gran publico. Humor negro para toda la familia.

Paula le da vueltas y más vueltas a su situación. A la nueva situación de tener que aceptar que su hijo no es más que otra víctima del huracán Emma. Otro Emmi. Pasen y vean, sí…
Y mientras sigue en su ensimismamiento, la puerta de la consulta se abre. Un chaval de quince años, saliendo, se vuelve hacia el médico, y le jura que le matará, que cuando crezca y tenga los medios necesarios, volverá y le matará. Lo dice con un tono escalofriante, calmo, como si tuviera veinte años más y hubiera perdido realmente la chaveta. Su madre le empuja hacia la salida y le llama «tonto pajero». El médico asoma la cabeza, resopla, y pronuncia en voz alta el nombre del hijo de Paula. El chaval se cruza con el recién salido, y éste, mirándole a los ojos, murmura algo como: «putos Emmis novatos…».

El médico invita a Paula y a su hijo a ocupar las sillas que hay ante su escritorio. El hombre suda de forma prominente. La camilla que hay en la estancia está rodeada por el suelo de ese polvo que echan sobre la sangre y los vómitos. El olor se hace casi insoportable. Es una mezcla de meados y bilis, incluso huele como si alguien se hubiera cagado encima, y probablemente haya pasado, piensa Paula. Ya sé que no huele muy bien, dice el doctor, pero uno llega a acostumbrarse… Saca algo de un cajón, parece un desodorante. Suelta dos rociadas, echa ruidosamente el artefacto en el cajón y lo cierra de un golpe. Bien, le dice a Paula, ¿hoy es la primera vez que sangra el muchacho?
Paula le cuenta toda la historia, y le pide por favor que le confirme todo lo que la señora confidente de la sala de espera le ha contado a ella. Oh, sí, dice el hombre, todo lo que le ha contado es cierto, incluso se ha quedado corta. La cosa, de hecho, cuenta, ya se está extendiendo a los adultos, seguro que ha visto a un hombre solo ahí fuera… hace dos años que viene por aquí… Paula no puede creer lo que oye, su confidente no estaba loca. Sí, dice el doctor, ahora de vez en cuando también viene algún padre de familia… tíos que se pasan todo el día en su despacho… ya sabe… y luego cuando llegan casa y sus mujeres quieren… ya sabe… no pueden ni con su alma… y sin embargo, aún se encierran en el lavabo con portátiles y demás, buscan fotos de ya sabe quién y… ya sabe…
Yo pensaba que la masturbación relajaba ciertos músculos, argumenta Paula, o sea, que básicamente es más beneficiosa que perjudicial y… Si, bueno, ya sabe, interrumpe el doctor, tiene usted razón; pero lo que pasa, argumenta, es que por ejemplo comer plátano también es muy bueno en su justa medida, es bueno para la hipercolesterolemia, la hipertensión, los riesgos cardiovasculares… ya sabe…; pero si come plátanos cada día como si alguien le apuntara con una pistola a la cabeza amenazando con apretar el gatillo si deja usted de comerlos, pues desarrollaría enfermedades renales, un terrible estreñimiento, e incluso podría incubar cierta extraña alergia a la leche de vaca… De hecho, añade, no hace falta nada más que la suficiente agua para que cualquiera reviente por dentro y muera… ya sabe…; incluso los nazis los hacían en los campos de concentración…
Entendido, murmura Paula. Entiende que el tipo que tiene delante ya hace mucho que perdió hoy la paciencia; probablemente la perdió hace días.
El hombre le ordena al chaval que se estire en la camilla. Le dice que le perdone, que no debería haber comenzado a hablar de plátanos sabiendo que el plátano aquí es Emma Stone; además de que el chico lleva ya seguro un buen rato imaginándola chupando, mordiendo y hasta introduciéndose plátanos por todos los orificios. Mal ejemplo, murmura el hombre para sí mismo, lo siento mucho, de verdad.
El tipo agarra una especie de maquina que va sobre ruedas. Este artilugio lo han fabricado específicamente para los Emmis, dice el tipo. Es una pantalla sujeta a un brazo articulado, se coloca sobre el paciente, sobre su cara. Sólo te pido que pongas las manos bajo tu culo, muchacho, dice el tipo. Y lo digo en serio, añade, hace un rato un chico casi tira este trasto intentando masturbarse aquí mismo… aquí y ahora, ya sabes…
Se hace un silencio. El doctor toca unos botoncitos que hay en el borde de la pantalla, ésta ya colocada a unos cincuenta centímetros de la cara del novato.
Bueno, chaval, ¿has visto “La naranja mecánica”?… seguro que no, eres muy joven. Yo sí la he visto, dice Paula. No se preocupe, murmura el hombre, esto no va a ser ni la mitad de traumático. Y susurra: “en principio”.
Bueno, dice el tipo, ahora vas a ver unas imágenes de… nuestro plátano… ya sabes. La pantalla se enciende. La manipula el doctor con un mando. El muchacho ve una foto de Emma Stone; está totalmente vestida, ropa de invierno, gesto adusto, no posa, no sonríe… es una foto de paparazzi desgraciado. ¿Cómo lo ves?, pregunta el doctor. El chaval asiente, dice que está bien. Pues es un gran avance, le asegura el hombre a Paula. La mitad de Emmis, ya solo con esto, le dice, empiezan a sacarse las manos del culo y a bajarse la cremallera; sólo con esta foto tengo que recurrir a atarles las manos sólo para poder seguir con el experimento… Muy bien, chaval, murmura el doctor, vamos con la siguiente foto. La pantalla parpadea. En la instantánea, Emma posa con más gente, otras chicas. Van abrigadas también, pero en esta ocasión la actriz sonríe y se pueden atisbar las curvas de sus caderas a través de unos tejanos de tono clásico. ¿Qué te parecen esas mozas?, pregunta el doctor. No disimules, añade, yo ya he visto las fotos mil veces, ahí hay un par de rubias por las que comienza a ponerme nervioso el hecho de llevar anillo de casado… ya sabes, colega.
Paula y el doctor pueden ver las fotos que el muchacho ve, las ven en la pantalla de ordenador del escritorio.
Entonces, dice el hombre, ¿cuál de esas chicas dirías que te gusta más?
Emma, dice el muchacho.
Bueno, murmura el doctor, pasemos a la siguiente foto. Y perdona por haber vuelto a mencionar lo del plátano antes, añade, ya no sé ni lo que me digo…
En la foto siguiente, Emma está sola. Solo se ve su cara. Sonríe a cámara y guiña un ojo. El muchacho sufre una convulsión. Sólo te pido que no te cargues de un cabezazo la pantalla, por favor, suplica el doctor. Está bien, pasemos a la siguiente foto, resopla el hombre.
En la siguiente, Emma ya está de cuerpo entero. Está en biquini. Sonríe. Es Emma Stone.
El muchacho empieza a lloriquear. Una erección comienza a crecer en su pantalón. Paula le pide al doctor que quite ya la foto, que ya está bien con el experimento. Y el hombre dice que aún no, y le pide al chico que siga mirando esa foto, que la mire fijamente. El chaval ve cómo la imagen de Emma se empieza a deformar. Es como si le salieran sarpullidos terribles, granos, como si su piel se inflara y se comenzara a quemar. Es esa chica adorable transformándose en alguna especie de zombi repugnante. El muchacho lloriquea y su erección no baja. No vale cerrar los ojos, dice el doctor. No vale tocarse. Seguro que te duele el pene, ¿a que sí?, le pregunta. La imagen se comienza a derretir. No entiendo lo métodos de este sitio, dice Paula. Está invitada al grupo de investigación si tiene alguna idea, dice el doctor. No puedo creerlo, murmura ella.
El chico cierra los ojos a su vergonzante mundo. Esto no está pasando se dice a sí mismo. Esto no está pasando, no está pasando, no está pasando… Ahora ya nadie le obliga a abrir los ojos. Emma reaparece en su mente. Con ese mismo biquini de la foto, el mismo con el que la vio por la tarde. Está dentro de una habitación. La casa en la que vive está rodeada de tíos con traje. Tíos con pinganillos. Emma Stone teme por su seguridad. Y sufre. Sufre porque está enamorada. Sigue enamorada de ese chico demasiado joven. Pero no puede evitarlo. No quiere a nadie más. Nadie le interesa más. Ella es la Diosa de la naturaleza, y está matando a todo el mundo para que sólo quede él, el único que le interesa. Hay cierta diferencia de edad, pero el chaval sabe que en unos años será una diferencia insignificante. Siente que se está quedando plácidamente dormido, oye a su madre discutir con ese tío, el señor “ya sabe”. Y el puzzle existencial sigue sin resolverse. Sigue desmontado en el microscópico mundo profundamente imperfecto que se perpetró a mayor gloria de la visión de las mujeres, y por pura envidia histórica a las mentes de las mismas.

Tetas del día (la del título)

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