Relato recuperado (8) – Elis(h)a Cuthbert y la metaficción

Elisha Cuthbert. Es Elisha, no Elisa, lo pone bien claro en imdb: con hache. Después de que mi compañero de trabajo muriera aplastado por un cartel promocional de “La vecina de al lado”, y yo asistiera a su penoso funeral -y digo Penoso, con todas las connotaciones que sugiera esa palabra-, pues bien, me dio por escribir. Te pasan cosas muy raras, me dije. Deberías escribir esas cosas, me decían siempre todos. Así que creí que podía hacer algo con eso, con mi vida; quiero decir algo más que respirar y mirar siempre a todos lados con desconfianza para asegurarme de que todo el mundo me deja en paz. Escribí dos relatos cortos que explicaban al detalle mi única experiencia con la muerte; me sentía un poco como un soldado, un veterano; escribía mientras pensaba: “Sí, yo ya he visto a alguien morir, y no es para tanto”. Pensaba: “Cagados…”. Sólo se murió, y no perdimos nada; su madre manchó una blusa cara de sangre con su hijo moribundo y él se libró del resto de su vida, que dicho sea de paso, no prometía ser más que rutina gris. La nada está muy infravalorada, pero luego en vida la expresión más corriente para tranquilizar a alguien es: “No pasa nada”: la frase más sobada de la historia, utilizada tanto si no pasa nada como si tú vida ha dado un vuelco. Y nos quedamos tan frescos. Supongo que lo que hace tan fea a la nada, es el hecho de que entre medio haya habido algo. Aunque para muchos la vida acaba suponiendo un bache, una broma cruel en medio de la calma del vacío. Pero tsss… no hay que decir esas cosas en voz alta, que si no ya tienes a medio circulo social personal imaginándote con un bidón de gasolina dispuesto a quemarte a lo bonzo delante del edificio de las naciones unidas, o algo por el estilo. Hay trucos fáciles aplicables a cualquier situación para no parecer un pirado. La cuestión está en mirar hacia ningún sitio en particular mientras uno dice: “Qué se le va a hacer”; y eso te aleja de la consulta de cualquier psicólogo y te acerca a la gente supuestamente equilibrada, que a su vez mirarán al vacío y te dirán: “¿Hoy hace más frío, no?” Algo así, algo banal, intrascendente, y lo que es más importante: aceptable.
La cuestión es que yo nunca me he visto así, siempre he preferido el surrealismo a la rutina; respira hondo y contén la respiración: prefiero compartir un silencio en el ascensor antes que intercambiar cuatro tópicos con alguien a quien no te importaría ver muerto mañana más allá de la jugosa tragedia que tendrías para contarles a tus amigos.

Aunque para llevar una existencia aceptable eso no tiene importancia, quizá tu vida sea errática sin que lo sepas; quizá ahora serías más feliz de haber cogido otro desvío u otra salida en la rotonda; obviedades. Como en mi caso; porque no era Elisa, era Elisha, por muy feo que a mí me suene. Por suerte algunos errores se pueden corregir, o como mínimo puedes dar cuenta de ellos antes de haber muerto en medio de una conversación sobre el tiempo, por culpa de tu vida de fumador, o de tus arterias atascadas.

Elisha Cuthbert (aunque quizá la traducción sí sea Elisa), hizo que un tipo raro fuera extrañamente feliz hasta los veintitantos; la imagen que proyectaban los medios de ella la convirtió en alguien perfecta de una forma abstracta para mi compañero muerto. Glamour. Es fácil tener mitificado a alguien que metes siempre en tus fantasías masturbatorias, o hasta románticas. Supongo que autocitarse es como tocarse o no parar de hablar de uno mismo, así que no me sentiré culpable. Mal de todos, consuelo de bobos, sí; pero que yo sepa a nadie le ha hecho efecto nunca ese puto refrán. Así que en el primer relato que escribí sobre la cuestión Cuthbert, se podían leer frases como ésta:

“Tengo muchas ganas de fumar.”

Y quizá ésa fuera la única frase autobiográfica al cien por cien, ya que normalmente es cierto que fumo mucho. El resto de la historia estaba salpicada de exageración y cinismo; lo que sería algo así como un aburrido pino de plástico, que yo llené de adornos, luces y bolas de navidad, para que pudiera parecer un pino de verdad atropellado por las costumbres católicas. Valga la aclaración de que el relato no era muy cristiano, pero supongo que se entiende el ejemplo. Puedes pensar en un árbol antes y después de ser adornado, o en una mujer de cuarenta años antes y después de maquillarse. Y si eres mujer ahora también puedes pensar que soy un capullo.
En el segundo relato que abordaba la cuestión Cuthbert, se podían leer frases como ésta:

“Fuimos a comer todos juntos.”

Como se puede apreciar es otra frase anodina, nada digno de enmarcar o bordar en un cojín. Se refiere a los momentos posteriores al funeral, y el relato vuelve ser un árbol de navidad o una mujer después de pasar por el filtro de aceptación acostumbrado. E Igual que pasa a veces con los árboles de navidad o las mujeres, que después de ser utilizadas pueden acabar abandonadas muertas en el arcén de una carretera de montaña, ya deslucidas obviamente, pues mis relatos quedaron abandonados en un cajón, sin posibilidad de navidades próximas o una reencarnación.
La carrera de la amada Elisha no ha ido por los derroteros de calidad que mi compañero muerto vaticinaba, aunque a decir verdad aún es muy joven, y todavía podría dar alguna sorpresa más allá de su cara angelical y las pajas adolescentes. La rubia volvió a mi mente, porque hace dos semanas un amigo periodista y crítico de cine -de los pocos que habían leído mis relatos-, me dijo que la Cuthbert venía a la ciudad, de promoción: una de esas películas de terror despersonalizadas, como cuando alguien te invita a pipas y descubres horrorizado que son de las peladas.
El motivo por el cual se encendió una bombilla en mi cabeza, supongo que fue un extraño impulso. Para mí el Némesis de la muerte ya no era nada abstracto como la juventud o el triunfo, las sonrisas, etc. Para mí la archienemiga de la Muerte por excelencia era ella, la Elisa de los cuentos, Elisha en la vida real, y quién sabe cómo se llamaría si en lugar de ser actriz fuera secretaria en un bufete. El caso es que por algún motivo tengo asociada la imagen de esa mujer a todo lo que es bueno. Desde que la cabeza de aquel idiota quedó hecha una pulpa bajo la foto inmensa de la Cuthbert, y siendo ésa la única vez que he visto a alguien morir, algún extraño mecanismo ha hecho que para mí esa mujer sea lo que la Virgen María es para un creyente de ciudad con hijos que no va nunca a la Iglesia; es decir, alguien en quien no pienso casi nunca, pero que me produce algún tipo de alivio cuando aparece por mi cabeza. Una imagen celestial. Eso, una actriz de veintitantos sólo famosa por su físico y haber sido hija de Kieffer Sutherland en 24, es lo más cerca que voy a estar de creer en Dios; gracias a un accidente mortal, algo que supongo despertó mi yo espiritual.

Irán a ser las tres de la tarde dentro de una media hora, hace unos dos años que decidí no llevar reloj; la sola idea de hacerlo ahora me encarcelaría aún más en mis horarios y depresiones. En cuestión de minutos llegará mi colega, el crítico. Estoy frente al hotel en el que a partir de las cuatro la actriz va a conceder las entrevistas por turnos. En el hall del hotel hay congregados algunos medios. No tengo excusa, ahora mismo soy como una fan quinceañera dispuesta a cumplir con su deseo de ver a su ídolo, sólo que en mi contexto la palabra Ídolo tiene un significado mucho más místico. Lo cierto es que a estas alturas ya soy como mi compañero muerto, pertenezco a las masas que caen desmayadas al suelo en un alarde de autosugestión cuando un Elegido les toca la frente con la mano. Era esto o pasar la tarde de sábado dormitando con alguna mala película en televisión que me sobresaltaría cada media hora al entrar de repente la publicidad con su consabido aumento de volumen. Ya conozco ese camino, y prefiero ser un bicho raro.
Mi colega llega a los pocos minutos y me explica lo de la acreditación. Dice que justo la semana pasada le hicieron una nueva y que puede dejarme su pase de prensa aún en perfecto estado. En principio lo único que debo hacer es enseñar mi documentación a la chica que maneja el cotarro en el hotel, ponerme a la cola y no olvidar que me llamo Antonio Rico y soy periodista y crítico de cine. Me da una grabadora y me dice que sobretodo no titubee a la hora de ponerla en marcha y comenzar a preguntar; dice que en la misma habitación habrá quizá dos tíos de seguridad, una interprete y la representante de la actriz; y que no es la primera vez que un farsante consigue colarse en el ambiente, así que tendré que resultar convincente si no quiero que me saquen del hotel a patadas. Mientras me hago a mí nuevo rol, él se marcha a cubrir una convención de trekkies.

Son las cuatro y cuarto: me encuentro en el pasillo del tercer piso del hotel, en el que está la habitación donde la rubia americana habla con la prensa. Hay una cola considerable: prensa, radio y televisión; todos aplatanados y con ganas de acabar para irse a editar reportajes, escribir crónicas y llenar en definitiva sus espacios otra vez con la cara bonita de la industria cinematográfica de elite.
Llega el momento en que me encuentro frente a la puerta de la habitación: la cola aún se extiende detrás de mí, como diez medios, reporteras y periodistas radiofónicos con cara de pocos amigos. Si presto atención se pueden oír a ratos unas risas femeninas tras la puerta, seguramente de ella: Elisa, Elisha, el Némesis de la muerte. Llevo en mente cuatro preguntas, pero tengo la esperanza de que ella me dé pie a conversar de alguna forma: me siento como cuando de pequeños nos vacunaban en el colegio, soy el siguiente y ha llegado el momento, casi puedo sentir el olor a alcohol. Alguien abre la puerta de la habitación y creo que voy a poder ver el material médico, jeringuillas y a la enfermera impaciente y harta de niñatos.

La mujer que me abre la puerta es la jefa de prensa, o algo por el estilo, ya que se queda fuera para hablar con los demás periodistas y me invita a pasar, no sin antes advertirme que tengo cinco minutos y echar un vistazo rápido a mi acreditación. Al entrar en la habitación procuro analizar la situación. Ella está sentada en una silla de imitación victoriana con el cartel de la película visible al lado; hay un tipo bastante grande, una mujer con traje de chaqueta y una chica de veintitantos años sentada cerca de la actriz: los cuales deduzco son, el de seguridad, la representante y la intérprete. La actriz se remueve en su silla acolchada y se incorpora sonriéndome cuando le doy la mano. Huele a alguna colonia que debe valer más que toda mi ropa. Me siento en la silla; ella me mira con curiosidad; la intérprete me hace un ademán con la cabeza, advirtiéndome que ya puedo empezar. Antes de hacer mi primera pregunta la jefa de prensa, o quien demonios sea, entra de nuevo en la habitación, y se sienta junto a la representante, en unas sillas situadas unos metros detrás de la actriz. Todos me miran. Yo miro a la intérprete y Elisha me mira a mí. Conecto mi grabadora y la dejo en la mesita que hay entre nosotros.
– Muy bien – digo, y miro a la actriz -. ¿Cómo preparó su personaje?
La intérprete me traduce y noto un ramalazo de vergüenza después de soltar tal topicazo baboso. La actriz hace como que titubea, seguro que pensando: ¿Que cómo preparé mi personaje, la chica atontada de una película de terror adolescente?
Enseguida comienza a hablar, con un tono sorprendentemente entregado. Luego la intérprete dice que para ella fue fácil, que sólo tuvo que ver algunas películas del director y que tenía libertad para darle la forma que quisiera a Lucy.
Luego le hago otra pregunta tópica, interesándome sobre el ambiente de rodaje en una película tan aterradora. Mientras la interprete hace su trabajo y la actriz me contesta, me saco los papeles que he llevado durante toda la tarde metidos en el bolsillo trasero de mis pantalones. El de seguridad los mira y me mira a los ojos, la representante se levanta de su silla, como intentando hacerse notar. Elisha comenta lo muy bien que se llevó con sus compañeros y con el director, que jamás ha estado en un rodaje tan divertido, y todo cuanto ya habrá tenido que repetir cientos de veces en cientos de entrevistas. Yo despliego los dos folios, en los que están impresos “Elisa Cuthbert y la rutina” y “Elisa Cuthbert y la muerte”, trabajosamente traducidos al inglés. Una vez tengo el turno de palabra, le digo que una vez escribí dos relatos cortos en los que ella, de una forma indirecta, era una de las protagonistas. La actriz se asombra, creo que esta vez de verdad cuando oye a la interprete. Le paso las hojas a Elisha y les echa un vistazo. Muy rápida, bromeando, me pregunta si están basados en hechos reales. Y yo voy y le digo que sí. El de seguridad mira a la representante y la representante me mira a mí.
Oh my god!– exclama la actriz.
Y le digo que sí, que un amigo mío murió (digo Amigo para añadir dramatismo), y que él hubiera pagado por estar ahora en mi lugar; que de eso van los relatos. Ella pone un semblante serio y sentido, y la verdad es que he conseguido lo que quería, que era destacar; el plan ha surtido efecto, ya han pasado los cinco minutos pero nadie me ha cortado. Ella me pregunta que si también es autobiográfico, que si los relatos hablan de mí. Hago un gesto con la mano, queriendo decir: más o menos. De repente me doy cuenta de que el error de la hache sigue vigente en los textos, y enseguida lo aclaro, avergonzado, haciendo que ella vuelva a sonreír, provocando que cierre los ojos y me diga en un acartonado castellano:
– “No pasa nada.”

Tetas del día (obvio)

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