Relato recuperado (2)

El gilipollas

 

Era finales de noviembre, o puede que ya diciembre. El muy mamón llevaba uno de esos jerseys sin mangas (gris), una camisa blanca por debajo y un sombrero en plan años veinte que le quedaba premeditadamente pequeño. A cada rato sacaba a colación subrayados en latín para cerrar sus intervenciones en la conversación; contracciones gramaticales que a menudo resultaban ser más un añadido o hasta un complemento personal más, algo más estético que verbal. Había publicado un libro de poesía que yo no había leído. Tenía una novia que daba la sensación de estar con él más por cómo hacían juego ambos con el decorado de los lugares que frecuentaban, que por algo ni remotamente parecido a la amistad o el amor “sufrido” de verdad. Te era imposible imaginarlos follando sin velas y copas de vino a medio terminar. Ella, aquel día, era como el indice de una revista de moda sepultado en la página quince; no sabías a qué venía, pero ahí estaba, sin motivo aparente, sin discurso, sin sentido del humor, sin tetas. Y con él.

El gilipollas hablaba por los dos. Me figuro que su novia admiraba eso de él; la determinación, la verborrea, el currículum, la falta de vergüenza al vestir, su “modernidad”; supongo que lo que irradiaba él para ella, era seguridad en sí mismo. Es curioso cómo la debilidad personal se asocia siempre a la maldad o el cinismo, y cuando un tío se pone sombrero y se expresa como éste lo hacía, casi nadie ve en eso un escudo más. De todos modos, no creo que fuera su caso; no creo que él potenciara esa pose para disimular una terrible fragilidad. Él, realmente, era gilipollas, ése era su verdadero yo, y cada puntada de su ropa o poro de su cuerpo, supuraba gilipollez.
El muy gilipollas se adentraba en largos discursos sobre poesía, aunque al cabo de diez minutos la gente de su alrededor ya tuviera cara de poker y no supiera cómo decirle: «¿Es que eres gilipollas o qué?». El auténtico gilipollas no sabe que lo es, obviamente. Muy a menudo, las personas que tienden a estar más seguras de sí mismas, están a muy pocos pasos de ser gilipollas. Una línea muy fina los separa de la gilipollez. El gilipollas en cuestión ya hacía mucho que se había meado en esa línea. Su gilipollez ya era de una pureza natural indiscutible. Una gilipollez gran reserva, que había madurado con los años seguramente en un entorno plagado de otros gilipollas como él. Uno no puede saberse gilipollas cuando todo el mundo a su alrededor lo es casi todo el tiempo. Ése parecía ser su caso: parecía provenir de un ambiente de clase media-alta en que el arte no es una cuestión de belleza, sino de estatus, la realización personal tiene que ver sobre todo con los galones acumulados en la solapa, y la vida es una cuestión de optimismo sin fin aunque a tu alrededor la gente vomite con las tripas fuera debido a las minas antipersona que otros gilipollas sonrientes idearon.
Claramente, hay muchas clases de gilipollas, y seguramente todos lo somos hasta cierto punto. Pero lo interesante del gilipollas tratado aquí, es que no había mucha gente que se atreviera a reconocer en voz alta el que ese muchacho pudiera ser gilipollas. En cierto grado, obviamente él no tenía toda la culpa de ser así. Su look indie -aunque no necesariamente por ser indie- ya te estaba avisando de la que se te podía venir encima cuando lo veías llegar a cien metros. Aunque sólo lo traté durante aquel día en una de esas reuniones de amigos con amigos de amigos (cuando estás con un montón de gente y no conoces de nada a la mitad), ya pude determinar que estaba ante cierta clase de gilipollas cada vez más habitual.
Los gilipollas de pura raza, normalmente provienen de la moda. Cualquier moda. Da igual si es una corriente estética o musical o ideológica, o de cualquier otro tipo. Cuando un estilo original a la hora vestir o crear en cualquier campo artístico o mediático comienza a convertirse en moda por contagio, es cuando de ese grifo metafórico del que salía agua cristalina potable y refrescante, empieza a salir mierda; una mierda que se convierte en un moho asqueroso en el que se suelen criar todas las clases de gilipollas existentes. Así nacen. Se suman a una corriente a la que ellos no van a aportar nada, y que a su vez va a eliminarles en gran medida su propio carácter. A todas luces, está bastante claro, de hecho, que el haber caído enseguida en las garras de la moda que sea, es el resultado de una ya anterior escasez de carácter. Lo cual quiere decir que, este tipo de gente que acaba siendo tan gilipollas que ya ni pueden sospechar que lo son, siempre operan de ese modo. En todo. A la hora de estudiar o no (y cómo), tener vocación o no, a la hora de ligar o no (y con quién), incluso a la hora de lo que ellos suelen llamar siempre «madurar»… (a los gilipollas les suele encantar dividir la vida en fases). Es el sutil proceso a través del cual una persona con inquietudes propias se convierte en un títere. Y de eso, pasa a regodearse en su condición de títere, y hasta acaba presumiendo de ser como es (de ahí suelen salir esas máximas sobre la confianza propia total, el no arrepentirse de nada ¿?, o el querer forzar momentos mágicos en la vida que llegan cuando te mueves, pero no porque tú los busques; ya que tampoco sabrías cómo ni dónde buscar).
Sea como sea, estaba claro que el tío era gilipollas. Estaba claro que a su novia le encantaba que fuera así. No cabía duda de que se sentía cómodo consigo mismo, encajaba en un millar de clichés muy discutibles sobre cómo hay que ser para triunfar en la vida. Y, lo más terrorífico de todo, estaba clarísimo que le iba a ir bien.

Tetas del día (modo “de incógnito”)

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