Por favor… Por Dios… (mierdas personales)

(post publicado pasadas las doce de la noche del domingo,16)

Cuando abrí el blog pensé que no hablaría sobre nada personal, pero quizá en esta ocasión puede ser instructivo hacerlo.

Del viernes al sábado, a eso de las tres de la mañana, comencé a sentir un dolor en el costado izquierdo. No parecía nada importante. Pero pasaba el tiempo y el malestar se intensificaba, y no se iba.
En el pasado había tenido problemas bastante jodidos con el estómago, así que eso me hizo sentarme en el retrete a ratos, esperar e intentar relajarme. Pero no. Cuando ya me retorcía literalmente de dolor, intentaba recordar si había hecho bien de vientre durante el día. Y lo que me cabreaba era que sí, había cagado, y lo recordaba perfectamente aunque quisiera negarmelo (he llegado a leer libros enteros sólo en visitas al lavabo).
Así pues, cuando llevaba como tres horas sudando y resoplando y hasta soltando varios «por favor…» y «por dios…» agonizantes (y no es broma), obviamente ha habido que ir a urgencias. Ya eran como las seis y pico de la mañana. Mi padre conducía y yo iba en el asiento de atrás, sin dejar de revolcarme, soltando quejidos y resoplando cual parturienta. Recuerda la primera escena de “Reservoir Dogs”, cuando Tim Roth va con un tiro en el estómago y empapando de sangre la tapicería blanca del coche que conduce Harvey Keitel. Pues, quitando la sangre, era lo mismo: yo, retorciéndome y con mi recital de “por dioses” y “por favores”.

El lugar en cuestión

Una vez allí, me han atendido muy rápido. El doctor ha intentado comunicarse conmigo. A esas alturas, el dolor ya me dificultaba incluso el hablar. No es que no pudiera, es que no tenía ganas de nada, el dolor lo absorbía todo.
Que quede claro que odio las putas agujas. No hasta el extremo de desmayarme o intentar huir, pero las odio. Aun así, cuando el doctor ha conseguido traducir e interpretar los berridos con los que yo me comunicaba, me ha dicho que me pincharían un calmante. Y me ha parecido una gran idea. Sí, por favor, lo que sea, necesitaba un chute de algo, algo fuerte. Y la verdad, no sé qué me han chutado, pero una cosa está clara: cuando te duele de verdad algo, el tiempo pasa unas diez veces más lento. Así que, me pincharon y me dejaron en una sala de espera, una con unos butacones que hubieran sido muy cómodos de no ser porque el dolor no se me calmaba con postura alguna.
Por tanto, he seguido con mi show, pero en esa sala. Hasta que realmente he comenzado a sentir algo de alivio, han pasado como unos treinta y cinco minutos. 35 MINUTOS. TREINTA Y CINCO PUTOS MINUTOS.
Obviamente, en ese intervalo, he escuchado la frase: “No hacemos milagros”, en respuesta, supongo, a alguna pirueta mía por el suelo, desesperado de puro malestar. Y es cierto, lo confirmo, no hacen milagros. Sin embargo, somos capaces de enviar a gente al puto espacio a reparar putas estaciones espaciales. Vaya que, o yo no era el Rey, o hay que mejorar al menos las drogas que hay.

Me he comenzado a sentir bien del todo como pasada una hora. Una hora. UNA HORA. Lo cual significaba que ya llevaba unas cinco horas con ese dolor que no entiende de posturas o tregua. Cinco horas de piedras en los riñones, piedras en acción. Para las que me han mandado unas pastillas, y ale, que eso, que fuera a ver a mi médico y demás.
Ya sin dolor, he pensado algo así como: “bueno, al menos ahora tengo drogas”…

Pero ay amigos… Sólo había acabado la primera parte de la historia. Las siguientes horas me deparaban aún sorpresas. En resumen (bueno, ya veremos), me llegué a tomar tres pastillas de las que me recetaron, cada una a su hora. Y como ya pasadas unas horas vi que no me dolía nada en absoluto, hice caso a lo que el doctor me dijo: “Si ves que el dolor no vuelve, deja de tomar las pastillas”. Así pues, la cuarta pastilla, que ya dudaba en tomarme, no me la tomé…
Hoy por la tarde, pues, he salido decidido a la calle, a disfrutar de mi nuevo estado como persona que puede caminar y hasta concentrarse y pensar. Me he sentado en una terraza y… alguien ha vuelto a tocar el interruptor del dolor.
Para cuando he vuelto a casa, después de quince minutos andando dolorido, mi estado ya era deplorable otra vez. Lívido, haciendo break dance de zombi, buscando alguna postura en la que no sufrir. Obviamente justo al llegar a casa me he tomado una pastilla. Me la he tomado y me he dispuesto a retorcerme por todos lados, en la cama, por el suelo, en el comedor. Por dios. Por favor. Etcétera.
Cuando ya llevaba cuarenta minutos. CUARENTA MINUTOS (lo cual son unas tres horas mentales para quien tiene piedras “activas” en el riñón), he comenzado a cagarme en la madre que parió a la pastilla. La puta pastilla inútil.
Al parecer las pastillas no te alivian; lo que hacen es, supongo, evitar que el dolor vuelva. Así pues, ¿cómo coño iba a saber yo cuándo debía dejar de tomármelas…?

Total, que otra vez a urgencias. Otra vez el show. Esta vez con público, terrazas de bares y niños por todas partes; la luz del día. Y yo sudando como un cabrón, con la mano izquierda incrustada en el costado, yendo hacia el coche mientras intento deducir si la pastilla que me tomé empieza o no a hacer efecto.
Pero no. En el camino hacia el hospital, vuelve la escena de “Reservoir Dogs”.
Al llegar, mi padre se salta una continua para atajar hacia urgencias. Nos ve un coche de policía, y mi padre les dice algo así como que lleva a un enfermo. Así que los polis incluso nos facilitan el paso.
Una vez ya esperando, esta vez no me llaman enseguida. Tardan como media hora. Media hora de mí de un lado a otro de la sala de espera, maldiciendo y goteando literalmente sudor, observado por toda esa gente que esperaba (¿qué coño hacían allí?, ¿qué urgencia tenían?, ¿por qué ellos no sudaban ni decían Por dios ni Por favor ni nada de nada?)
Cuando ya estaba a punto de comenzar a hablar en arameo o algo así, al fin me llaman.
Otra vez, esta vez otro doctor distinto, se intenta comunicar conmigo. Le hablo con palabras que se quiebran hacia la mitad, y desesperado, porque no solo tenía que decirle lo que me pasaba, sino también contarle que el sábado por la mañana muy temprano ya había estado ahí, que ya me habían pinchado y recetado pastillas, etc.
Esta vez el tipo que me atiende parece más centrado. Una enfermera -o creo que era otra doctora, no lo sé- me ha acercado una silla de ruedas, y me a dicho que me sentara, que tenía cara de desmayarme en cualquier momento. El doctor ha tomado la decisión más drástica en estas situaciones supongo. Me ha llevado a otra sala y me ha sacado sangre después de colocarme una vía. Con esa misma vía me ha enchufado el goteo intravenoso, y me ha dicho que esperara mientras se consumía el calmante. He acabado en la misma sala que el sábado por la mañana. Pero esta vez el chute de calmantes me ha hecho efecto en diez minutos (mano de santo el goteo).
Luego, me han dado un bote y me han pedido otra muestra de orina.
Me han quitado el goteo (aunque me han dejado la aguja dentro hasta el último puto minuto), y ha tocado esperar una horita para los resultados de los análisis.

Resultado de los análisis: Nada. Me han vuelto a hablar de las piedras en el riñón, me han recetado otras pastillas distintas (que de momento funcionan), y me han dejado solo en la consulta esperando a que una enfermera me quitara la vía.
Unos diez minutos después, una enfermera muy bajita y muy mona, ha venido a liberarme de la aguja (la misma enfermera que me pasó un paño empapado en alcohol por la nariz para que no me desmayara mientras me sacaban sangre, la misma que me ha dado algo de conversación durante las esperas, y que se ha ganado alguna pulla de una compañera al final por tantas atenciones centradas en mi persona).
La conclusión que saco, es que hay buenos profesionales en los hospitales (al menos generalizando), y que van de culo. Y que el ambiente por los pasillos, con tanta gente joven currando allí, parece el de un instituto.
Y ya está, no creo que siga hablando sobre este asunto. De momento el dolor no ha vuelto (o no al menos de ese modo en que uno no puede mantener la dignidad).
Alguien me ha dicho, además, que es un dolor parecido al del parto. De ser así, yo este fin de semana podría haber tenido gemelos…

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4 pensamientos en “Por favor… Por Dios… (mierdas personales)

  1. A un conocido le pasó algo similar hace poco. A parte de recomendarle que bebiera mucha agua y las pastillitas, no le hicieron mucho más.

    Pidió hora en el médico de cabecera y ya le hicieron todas las pruebas necesarias. Y supimos exactamente que, sí, eran piedras y que, sí, ya se habían ido.

  2. Oh cariño, me estuvo doliendo a mi todo lo que contabas, me cago en la puta madre de las piedras de los cojones. Mi padre lleva años AÑOS con el mismo problema, no toma pastillas asiduamente pero si que lleva una botella con un liquido amarillo en el coche, bebe una media de litro y medio diario, es no sé que coño de herbolario que al parecer hace que las posibles piedras que tengas se disuelvan y las expulses sin sufrir esos dolores del demonio, como que las meas sin darte cuenta, a ver si le pregunto como se llama la cosa en cuestión y te lo digo.
    Vaya película gore que te han marcado las hijas de puta, y me alegra que ya no sientas el dolor, tu no dejes las pastillas durante unos días no vaya a ser que la cosa se repita.
    Y hablando de cosas menos dolorosas, anda con el tío, ligando hasta en el hospital, estas hecho un gigoló jejeje
    Un besazo de los enormes Jordi, y muchos cariñitos, que siempre vienen bien. Joder que me tenías preocupada de cojones.

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